Dña. Marta Romero Gil.

 

 

Ave María Purísimapregón marta romero gil

¿Escucháis?

Sí, el latido del corazón.
¿Alguna vez os habéis detenido a escucharlo?
¿A seguir su ritmo, a sentir su fuerza…?
Seguro que sí. Incluso a veces habréis podido percibir que se encogía o salía del pecho.
Es el centro de la vida. La sede de la voluntad humana.
El centro neurálgico donde habitan nuestras emociones.

Muchas son las teorías, estudios históricos, filosóficos y teológicos que han intentando buscar el origen, la génesis de nuestra Encamisá. Pero realmente lo que engrandece esta noche, es que haya perdurado en el tiempo hasta llegar a nuestros días.

ENCAMISÁ 2021 ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ?
¿Os lo habéis planteado alguna vez?

El corazón, vuestro corazón, el corazón de cada uno de los Torrejoncillanos, sin etiquetas, es el responsable de que año tras año, nos encontremos cada 7 de diciembre unidos a los pies de María Inmaculada.

¿Qué es la Encamisá? Me preguntan… La Encamisá es lo que sentimos.
Nace y vive en cada uno de nosotros. En ese corazón que escuchamos y crece por la influencia del entorno, de las personas que nos acompañan en el camino de la vida. Todas y cada una de ellas aportan su granito de arena que ayudan a que siga viva.

Hay tantas Encamisás como individuos. Cada Encamisá individual es diferente año tras año, no hay ninguna igual a la anterior. No es un escenario que se monta para representar una "función" y se recoge al terminar.

La diversidad de pensamientos, creencias, vivencias, experiencias, enriquece y da matices y colores diferentes a la noche de la Encamisá. Hablar de diversidad es hablar de identidad. La identidad es lo que nos permite distinguirnos de los demás. Ser quienes somos. Torrejoncillanos de cuna o de adopción.
La diferencia, además, viene marcada por cómo esté o se sienta nuestro corazón en función de lo acaecido durante el año. Los hechos y vivencias personales, tanto positivas como negativas, marcan y determinan cómo vamos a vivirla.

Cada 7 de diciembre ese corazón abre sus puertas para dejar salir, acompañados de salvas de escopetas, un torrente de sentimientos y emociones que se materializan en palabras, en vivas, en llantos, en abrazos, incluso en el silencio contenido del que no que es capaz de decir nada
en voz alta. Silencio, que sí puede oír su propio corazón, al que hace latir con nerviosismo.

Es una noche de corazones desnudos, sin miedo al ridículo, al qué dirán. Por momentos, llegas a pensar que estás solo ante el estandarte.
Dejas de oír el ruido de escopetas que parece que se atenúa.
Se borran las imágenes de las personas que están a tu alrededor y te fijas solo en ella.

Es un encuentro, entre tú y la Madre, que llevas esperando durante todo el año de forma especial. Es cierto que está ahí durante todo un año, siempre está, esperando paciente nuestra llegada. Pero esa noche encuentras la valentía y la fuerza de contarle qué hay en tu corazón. Ella te mira y te escucha, yo siento que me escucha.

En ocasiones uno no encuentra las palabras. Expresar lo que sientes, ponerle palabras a una emoción no es tarea fácil, pero nos ayuda a comprender lo que nos pasa, a comprender a los demás, a perder el miedo a expresar lo que en un momento dado vivimos.

La infancia es la mejor etapa de la vida para sembrar la esencia de la educación emocional y para trabajar este aspecto de nuestro ser. Por ello, cada uno de nosotros, padres y maestros, tenemos la responsabilidad de estar atentos.
Nos preocupamos por la educación intelectual, física o social de nuestros pequeños. Enseñamos a los niños a leer, escribir, dibujar o vestirse. Acuden a clases de piano, guitarra, fútbol, atletismo, teatro, escalada, baile…

Pero ¿ qué hay de sus emociones?
Educar las emociones puede convertirse en la llave de la libertad para las personas. Educar es formar el corazón.

Gracias a la neurociencia sabemos que no hay emociones buenas ni malas: alegría , miedo, ternura, amor, serenidad, tensión, confusión, tristeza, compasión, soledad, ilusión, admiración, entusiasmo, gratitud, deseo, orgullo, satisfacción…

Nuestros niños y adolescentes necesitan vivirlas todas, porque todas están presentes en sus vidas, en nuestras vidas, como lo estuvo en la vida de María.

El evangelio de Lucas nos muestra cómo la anunciación provoca en María, turbación y sorpresa.
En el nacimiento de Jesús y la huida a Egipto, se entremezclan la alegría, el miedo y la inseguridad pero sin perder la confianza en Dios.
La presentación de Jesús, la pérdida y su hallazgo en el templo, generan angustia, dolor y preocupación en María.
Ya entonces el anciano Simeón profetiza:

«A ti misma una espada te atravesará el corazón»,(Lc 2, 34-35), aludiendo al dolor de María durante la pasión de su hijo. Pasión y muerte que provocarían tristeza y soledad.

En esa noche de Encamisá se materializan en nosotros los sentimientos y emociones vividas por María. La esencia humana se hace presente.

Cada uno de nosotros refleja su rostro también.
Si miramos a nuestro alrededor podemos ver el rostro de María:

En la cara de asombro del niño pequeño.
En las lágrimas de alegría de la madre agradecida por la sanación de su hijo.
En la ternura de una abuela agarrada de la mano de su nieta.
En la tensión del rostro del jinete.
En la serenidad de las arrugas del anciano, que silencioso espera salir el estandarte.
En todos y cada uno de nosotros está María.

La Encamisá es María.
Es el corazón, lo que sentimos.
Son nuestros ojos, lo que vemos.
Es nuestra nariz, lo que olemos.
Son nuestras manos, lo que tocamos.
Nuestros oídos, lo que escuchamos.

No todos nacemos con las mismas posibilidades, ni las mismas oportunidades. Simplemente, crecemos en entornos diferentes. La vida familiar que tengamos determina la forma de vivir la Encamisá. El respeto y aceptación de todas ellas, es lo que da sentido a nuestra fiesta, a la noche del 7 de diciembre.

Por ello, todos y cada uno de nosotros, sin etiquetas, somos necesarios e imprescindibles para seguir transmitiendo esta bendita tradición, que nos define y que constituye nuestra seña de identidad.

Aprendemos lo que vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos, lo que hablamos, lo que vivimos… y esto ocurre desde que nacemos, incluso yo diría desde antes de nacer, aunque no seamos conscientes de ello. Al igual que nuestro cuerpo va creciendo, nuestra forma de
entender la realidad que nos rodea también cambia.

¿Acaso la madurez de la vida no nos va enseñando a fijarnos en los detalles, a valorar, interpretar, profundizar, sentir, escuchar y a tocar de forma diferente?

A vivir la Encamisá no se aprende dando "clases magistrales". Probablemente ningún torrejoncillano haya sentado a su hijo un día, sin más, para explicarle qué es la Encamisá. Simplemente se ha limitado a vivirla de la mano, acompañando a ese pequeño.

Si cierro los ojos y miro hacia atrás… ¡Cuántas Encamisás vividas! Todas diferentes, ninguna igual.

Si tuviera que recordar mi primera Encamisá, no podría.

Intentad cerrar los ojos y poned imagen a vuestra primera Encamisá.
¿Podéis? Seguro que tampoco.

Y es que… yo era tan pequeña.
No veo mi rostro, no consigo dibujarlo. Yo diría que soy un bebé en el vientre de mi madre. Todo oscuro, cálido, acogedor…
Oigo el latido acelerado del corazón de mi madre y una suave melodía que, tímidamente y emocionada, me llega como una nana cantada lenta, suave, como una oración: "pues concebida, fuiste sin mancha, Ave María, llena de gracia…"

Nací un 12 de diciembre de 1975. Así que estoy segura que el 7 de diciembre de ese mismo año, ¡¡esa!! esa fue mi primera Encamisá. Pero sin tiros de escopeta, sin campanas repicando, sin cohetes, sin jinetes, ni faroles, ni jachas, ni hogueras, sin estandarte, lejos de Torrejoncillo.

Ahí es cuando empieza a crecer mi corazón pringón y mi amor a María y a nuestra Encamisá. Ese es el inicio de la transmisión de generación en generación.
Ese momento en el que la madre torrejoncillana siembra la semilla para hacerla crecer.

Cuando somos niños, vivimos la Encamisá:

Con un corazón que late desbocado, rápido, cargado de energía , fuerte y limpio, inocente como una hoja en blanco, dispuesto a llenarse de la sabiduría de sus mayores.

Con ojos sorprendidos, que no dejan de mirar a su alrededor, sin saber realmente qué están buscando. Ojos que se van acostumbrando poco a poco a la niebla que provoca la pólvora, a las lágrimas que ve derramar en los ojos de los mayores, a ese estandarte que sale en
volandas por la enorme puerta de la iglesia y que resulta inalcanzable, porque parece tocar las estrellas. Ese estandarte que eleva a los cielos a la madre de Dios.

Con manos pequeñas y suaves , que se agarran de la mano del abuelo, del padre, de la madre, buscando refugio y seguridad en esa noche tan explosiva de emociones que no entiende todavía.
Manos de niño, que tocan y encienden las jachas que semanas antes han recogido en el campo con sus padres o abuelos.

Con oídos sensibles todavía, que aturdidos, aguantan los tiros de escopeta y escuchan el pues concebida ronco, roto y emocionado del atrio.

Oídos que intentan seguir esos vivas que parecen difíciles de pronunciar y repetir, por la intensidad, emoción y rapidez por la que salen de las gargantas de los mayores.

Cuando somos niños nuestro olfato aprende a identificar y se emociona con el olor a miel de los coquillos, del aceite caliente con el se fríen las cañas, el olor a jacha quemada, a lumbre hecha de grandes troncas secas de leña.
Son los primeros olores que empiezan a grabarse en el recuerdo y que con el tiempo , van a ir aumentando y descubriendo nuevos olores que nunca antes había percibido, pero que estaban ahí.

Nuestra curiosidad natural de niño nos hace preguntar continuamente. Queremos saber, queremos conocer, queremos entender: el qué, cómo, cuándo, por qué…

¿Mamá por qué la gente llora…?
¿Cuándo va a salir la Virgen…?
¿Por dónde sale el estandarte…?

A lo que el niño encuentra repuesta posiblemente en las palabras de los mayores que le acompañan. Pero la respuesta está ahí, en lo que vive. Hay que estar para entender y formar parte de esa noche.

Ahora sí. Volved a cerrar los ojos.
¿Sois capaces de rescatar una imagen vuestra siendo niños?
¿Podéis recordar una Encamisá siendo tan solo un niño?

Yo sí, pero no sabría decir qué edad tengo.
Voy muy abrigada, guantes, bufanda y gorro, como si fuera una fría y gélida noche de invierno. No tengo frío, más bien calor. Me veo agarrada por un lado de la mano de mi madre y mi abuela, que a su vez sujeta la mano, aún más pequeña, de mi hermana. A través de las arrugas de la mano de mi abuela y la tersa piel de mi madre, puedo sentir el nerviosismo y la emoción, pues me agarran muy fuerte. Mi padre, con su chambergo de borreguito, está en la plaza y mi abuelo, el "abuelito", espera en casa, en silencio, sin decir nada, viviendo a su manera la Encamisá y respetando la nuestra. Siempre ha estado ahí.

Estoy en el atrio.
Me siento pequeña. Desde ahí abajo solo veo los pies de la gente que me rodea. Solo alcanzo a ver sus caras lejanas. Suenan las campanas. Oigo abrir la enorme puerta, ese sonido se graba en mi memoria desde muy pequeña, y siento unos brazos que me alzan y aprietan fuerte. Sale el estandarte. Estoy frente a él, frente a María. Yo solo miro la cara de mi madre y el estandarte. Ese es el único recorrido que son capaces de hacer mis ojos, como si todo lo demás no existiera. Escucho, no digo nada. Mi pequeña mano solo alcanza a lanzar un viva, pero inaudible. Me bajo a suelo firme y me agarro de la mano. Vuelvo a
casa…

Ese niño sigue creciendo y viviendo año tras año esa noche mágica de la Encamisá. Cada año que pasa su
experiencia se va enriqueciendo. El corazón va forjando su manera propia y particular de vivirla.

Poco a poco dejamos de ser niños y sin darnos cuenta nos convertimos en jóvenes con un corazón inquieto, loco por descubrir, por conocer, por vivir al límite. Queremos exprimir al máximo cada día, como si fuera el último de nuestras vidas.

Es entonces cuando nos soltamos de esas manos que Encamisá tras Encamisá han estado ahí, para agarrarnos y apretar con fuerza otras manos: las del amigo forastero, las manos de esa amiga que no vemos desde
hace tiempo, las del novio o la novia que nos acompaña y al que queremos hacer testigo y partícipe de algo tan grande para nosotros.

Manos que se sueltan justo en el momento de oír el primer repiqueteo de campanas para lanzar vivas que probablemente lleguen hasta el cielo.

Las gargantas también se preparan. Unas para gritar con fuerza su amor a María. Otras, agarrotadas, guardan silencio y aguantan el nudo que se forma en ellas. Por momentos es como si quedaran sin aire. Gargantas que ya entonan los cánticos escuchados y aprendidos desde la infancia. Ese "pues concebida" empieza a tener sentido, no solo lo oímos, sino que vamos más allá, lo escuchamos y lo
hacemos oración. Los tiros de escopetas, los convertimos en salvas a María y esos olores que hemos ido descubriendo poco a poco a lo largo de nuestra infancia, por separado, sin conexión, por fin se mezclan y da lugar a un único perfume característico:
"Huele a Encamisá"
Poco a poco todo va teniendo sentido, poco a poco, vamos encontrando una explicación.

Nuestros ojos vivos, buscan entre la multitud. Ahora sí tenemos las caras frente a frente. No es difícil encontrar a quien buscamos: en el escalón de la puerta de la Iglesia, en las escaleras del atrio, en el pasillo, en la ventana del ayuntamiento, en el "poyete", dentro de la iglesia, en la cabina de la plaza, en el balcón. Todos tenemos nuestro sitio que no cambia, perdura año tras año, generación tras generación, lo que nos permite echar de menos a la gente que falta, que se va. Ellos se van, pero el corazón queda y Encamisá tras Encamisá lanzan vivas a María a través de los que estamos allí presentes.

¿Habéis encontrado vuestro sitio? Yo si. Siempre lo tuve.

Una vez más estoy en el atrio, el corazón a mil. Me encuentro agarrada por un lado del brazo de mi amiga del pueblo, que está igual de nerviosa que yo, lo noto, lo siento. Del otro brazo me agarra con fuerza mi amiga de la infancia, del colegio. Ella no tiene pueblo, solía decir. No conoce tradiciones. Está expectante. Yo no le he contado lo que va a ocurrir, estoy impaciente por saber que va a decir.

Desde el atrio empiezo a escuchar con mayor intensidad los tiros de escopeta que se agrupan en la plaza. ¡¡Ya vienen!! Los faroles asoman a lo lejos. Es la señal. El mayordomo y sus acompañantes hacen su entrada en la plaza arropados por todos los jinetes cubiertos por sus sábanas. Con mis ojos intento buscarlo. Es alto, moreno, cara amable y mirada dulce. Es difícil. Su rostro se deja entrever, pues la sábana tapa una parte de la cara.

Sábana, que manos maestras, manos de madre, han cosido y colocado minutos antes, con el mismo amor y cariño como cuando era un niño. Manos que años después también vestirán el rostro de mi hijo y de mi hija. Lo encuentro, ahí está. Me quedo tranquila. Ya estoy lista. Cada uno está en su sitio y mi corazón preparado, late eufórico, entusiasmado e ilusionado para recibir a María y agradecido por poder estar otro año más con ella y rodeada de los míos.

Otra Encamisá. Otra que deja cicatriz en el corazón de cada uno de nosotros.

Corazón maduro que con el tiempo se va calmando y serenando.

Ahora somos nosotros, los que una vez nos soltamos de la mano de nuestros padres, los que buscamos la
mano de nuestros hijos. Buscamos sus ojos para ver si brota la emoción, o una lágrima. Sus labios para poder escuchar su primer viva y los apretamos contra nuestro pecho para poder sentir el latido rápido de su corazón. Nos mostramos ansiosos, deseando que ellos vivan igual que nosotros ese encuentro con María la noche de la Encamisá. Tenemos prisa porque aprendan. Así somos los padres. Deseamos que crezcan rápido y cuando nos damos cuenta… anhelamos que vuelvan a ser niños.

Esas noches de Encamisá adquieren un nuevo sentido. Noche de encuentro de una madre torrejoncillana, que
con su hijo en brazos se acerca a modo de ofrenda ante la madre de Dios.

La mira y pide ayuda, protección y fuerza para poder acompañar a ese pequeño a lo largo de su vida, con la esperanza de poder estar el máximo tiempo posible junto a él.

Somos conscientes de la labor y el compromiso que tenemos al convertirnos en padres torrejoncillanos. Ese legado que heredamos debe continuar, tiene que continuar. Volveremos a empezar, como hicieron con nosotros, desde el principio y con mucho amor. Les enseñaremos a aparejar el caballo, a coger jachas, a
plegar pañuelos, a sujetar el farol y colocar su sábana, a sacar sus manitas tímidas de los bolsillos para echar vivas. En definitiva, a amar a María y a vivir la Encamisá.

Como madre, esta es una de las labores más bonitas que he tenido y que tengo para con mis hijos. Tres hijos
y tres corazones diferentes, que se van llenando de sentimientos y valores aprendidos en familia. Cada uno ha encontrado su forma de vivir la Encamisá, su Encamisá.

¿Cómo hacerlo? Solo he necesitado tomar como modelo a las mujeres más importantes de mi vida y a ti, María.
Ejemplo divino de mujer, madre y esposa.
Tú fuiste elegida para ser la madre de Dios, por tu sencillez, honradez, humildad, generosidad, compromiso
paciencia, fidelidad, devoción a Dios, valentía, dignidad y fortaleza.

No es tarea fácil. Nos encontramos inmersos en un mundo en el que parece que remamos contracorriente. Pero puedo decir que me siento muy orgullosa.

Orgullosa de esos grandes ojos azules, que cada noche de Encamisá me buscan nerviosos para ver entrar el estandarte desde el altar.
De esa "cara chica", que emocionada y de la mano de sus amigas , recorren las calles del pueblo acompañando
el estandarte. Pero que busca y encuentra su momento para asomarse a una ventana junto a mi y echar un tímido viva.
Y orgullosa de mi pequeño "ensabanao" por su abuela. Con cara aún inocente, con el corazón nervioso y acelerado de un niño, que emocionado, monta junto a su padre y con los cinco sentidos bien despiertos para no perderse nada.

Y es que todos seguimos aprendiendo, año tras año: niños, jóvenes, adultos y mayores.

¡Ay! Nuestros mayores, el gran tesoro que tenemos en nuestras vidas. Sinónimo de legado y sabiduría.
Mayores con un corazón sereno, tranquilo y en ocasiones cansado. Son la fuente de la que bebemos, el cántaro delicado que hay que cuidar para que no se rompa, el hilo que teje corazones rotos, los zapatos cansados del largo caminar de la vida, que nos han ido acompañando para seguir mostrándonos la esencia de nuestra Encamisá.

Así son nuestros mayores y ahí están también:
En la plaza de la mano del hijo.
En un banco al pie de la pura.
Asomados a un balcón o detrás de una ventana.
Sentados en su sillón o recostados en una cama de la mano de un ser querido.

Ellos están ahí, agarrados a la vida, con el corazón preparado para recibir a María. Un corazón lleno de ternura, amor, alivio, serenidad y aceptación. Y los mayores que ya no están, han dejado su corazón aquí para nosotros. ¡Cuánta generosidad! convirtiéndose así, en cada una de las estrellas que brillan en el cielo y que forman el manto de María.

¿Sabéis una cosa? Yo sueño con poder llegar a lanzar vivas con mis manos arrugadas, con la voz rota y débil pero con una gran sonrisa. Con ojos cansados, pero alegres. Con el rostro sereno y el corazón lleno de gratitud por todo lo vivido.

Quiero un corazón, que a pesar de los años, se siga emocionando e ilusionando al ver entrar el estandarte de María de las manos de ese paladín, que se agarra al mástil con fuerza, que camina y avanza lentamente como la lava de un volcán por su ladera, para acabar a los pies del altar. Quiero vivirlo con la fe y la esperanza de la resurrección que tuvo María, ante la cruz de su hijo, de que no se acabará esa noche al cerrar las puertas del templo.

Y sin darnos cuenta… pasan los años y nos
encontramos ante la Encamisá 2021.
¿sabéis que va a suceder?

No, no lo sabéis y yo tampoco. Por lo tanto no puedo pregonar algo que no se, que desconozco cómo va a acontecer. ¡Vaya una pregonera! Pensaréis.

Lo único que puedo deciros, es que hasta ese mismo momento, a las 10 de la noche cuando repiquen las campanas y se abra la puerta para dejar salir en volandas el estandarte… ¡hasta ese mismo momento!… ninguno de nosotros sabrá qué va a ocurrir, qué vamos a sentir, si vamos a callar o vamos a gritar. No hay nada planificado.

Cada Encamisá es un misterio que se guarda en nuestro corazón y se desvela en el mismo momento en el que estamos cara a cara con María. Esa es la esencia de la Encamisá.

Esa noche los protagonistas son María y cada uno de nuestros corazones, que ansiosos llevan un año guardando, como si de una perla preciosa se tratara, las emociones acumuladas que empujan ansiosas por salir.

Pero… ¿qué siente ese corazón que lleva muchos años, once concretamente, esperando su momento, esperando tener 18 años para poder cumplir la promesa que un día hicieron sus padres?

¿Y el de esos padres agradecidos, que un día se agarraron con fuerza a su fe en María para levantarse y caminar ante las adversidades de la vida?

La respuesta no la tengo yo, la tienen ellos. Cada uno la suya, pero probablemente tampoco podrían darla en este momento.

Ninguno de nosotros podríamos ponernos en su lugar, para comprender tales sentimientos, por mucho que los conozcamos, por muy cerca que estemos de ellos.

La vida hace dieciséis años hizo que nuestros destinos se cruzaran y desde entonces hemos compartido muchos momentos. Hemos sido testigos y cómplices de lo bueno y menos bueno que nos ha ocurrido.

Por todo eso, solo deseo que vivan esta Encamisá tan deseada y esperada, con el corazón abierto, con fe y lleno de alegría. Que paseen y hagan llegar el estandarte a cada rincón del pueblo, que hagan llegar sus vivas a todas esas estrellas que tienen en el cielo y que seguramente les acompañarán, junto a María, el resto de la vida.

¿Lo oís?
Es el corazón que se acelera , como el de un niño en el vientre de su madre, como el trotar de un caballo desbocado. Así empieza a sonar nuestro corazón torrejoncillano.

¡Ya está aquí! Encamisa 2021.
Lo siento, lo huelo… ¿vosotros?
Estoy nerviosa, expectante. Esta experiencia pasa y no vuelve. Llegarán otras, pero esta no volverá. Por eso vamos a vivir esta Encamisá. Vivamos el presente para enriquecer el futuro de nuestra tradición.

Abramos de nuevo las puertas de nuestra iglesia para acudir a las novenas, toquemos las campanas, que suenen las escopetas, encendamos los peroles para hacer coquillos, planchemos sábanas y pleguemos pañuelos, recorramos juntos en oración las calles de nuestro pueblo la noche anterior, cojamos flores para ofrecérselas a María, encendamos los faroles, cantemos con fuerza y elevemos vivas al cielo.

Que todos aquellos que se acerquen esa noche a nuestro pueblo, se agarren muy fuerte de la mano de un torrejoncillano, de un pringón, para dejarse llevar. Que tengan bien abiertos los cinco sentidos. Pero sobre todo, que dejen su corazón abierto de par en par y dispuesto a sentir, a vivir y a hacer suyos también todos y cada uno de los vivas que con voz rota romperán el silencio de la noche.

Que los niños se pongan sus gorritos y se agarren fuertemente a la mano de su padres.

Que los jóvenes tiemblen de emoción y lancen salvas a la madre de Dios.

Que los padres y madres susurren en los oídos de sus hijos el pues concebida.

Que nuestros mayores no se sientan solos ¡ni un solo minuto! La soledad ya les ha hecho compañía demasiado tiempo en esta época de pandemia.

Que esas estrellas que hoy brillan en el cielo y que un día estuvieron entre nosotros, unan sus corazones a los nuestros para poder aclamar alto y fuerte a la madre de Dios

¡Viva María Santísima!
¡Viva María Inmaculada!
¡Viva la Reina de los ángeles!
¡Viva la Patrona de Torrejoncillo
¡Viva la defensora de la fe!
¡Viva la Purísima Concepción!