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Dña. Carmen María Alviz Gil

 

¡Ave María Purísima!


Aquí nos tienes, María,
un año más a tus plantas
unidas bajo ese manto
con el que tú nos amparas.

Eran los primeros versos de aquella Ofrenda de Flores que tuve la satisfacción de recitar a María cuando era una niña. Tenía nueve años. Era la tarde de un seis de diciembre de 1986. Acababa de finalizar su Pregón D. Juan Moreno Lázaro, y sin dilación, subí al presbiterio. Casi no se me veía, dicen, pero sí que se me oía. Sentía y me animaba el silencio de las oferentes.

Aquella ofrenda, el vínculo de mi padre en aquellos años con los Paladines, primero como secretario y poco después como pregonero, todo aquel ajetreo que veía y vivía, acentuaron en mí el apego por la Encamisá y la devoción a la Inmaculada. Recuerdo con qué entusiasmo y con qué intensidad escuchamos aquel pregón mi hermana y yo. Casi nos lo aprendimos.

Reconozco que, como la gran mayoría de vosotros, pertenezco a una familia muy anclada en las tradiciones de nuestro pueblo y de manera muy especial en todo lo que gira en torno a nuestra fiesta más representativa. Desde que anduve con soltura ya se encargó mi madre de prepararme el pañuelo y las sayas, y con ellas respingaba desde primeras horas de la mañana. Con ellas iba por la mañana al Pregón y por la tarde a la Ofrenda, a la que nunca he faltado.

La cosa no es de ahora. Viene de atrás. Me parece aún estar viendo a mi abuelo, sin despojarse, por supuesto, de su mono de carpintero, colocar los leños en la hoguera de frente a su casa con sus ojos claros humedecidos y lacrimosos. Era su forma de hacer la Encamisá. La procesión iba por dentro. Mis otros abuelos no se cansaron nunca de vitorear a María, lo mismo dentro de la iglesia a la salida del estandarte cuando apenas se tenían ya de pie, que ante el televisor, próximo ya su definitivo encuentro con Ella.

A pesar de haber transcurrido cerca de treinta años de aquella ofrenda nunca imaginé que me llegaría este momento. Consideraba que mis limitaciones para este tipo de actos y especialmente el antecedente familiar eran impedimentos suficientes para una propuesta a mi persona. Por eso cuando sonó el móvil en aquella temprana madrugada pensé en algo malo. Descolgué asustada por lo inusitado de la hora, y tras una broma engañosa, el presidente de Paladines me comunicaba que había sido elegida Pregonera de la Encamisá de este año.

Reconozco, conociéndome, que mi reacción no fue la que pudiera esperarse de mi carácter intenso y espontáneo. Y es que me quedé helada. Sencillamente porque no podía creérmelo. Pero enseguida mi mente comenzó a llenarse de sentimientos, de recuerdos de personas, de ideas entrecruzadas que no conducían a nada, y, sobre todo, de preocupaciones. Bien que lo sabe María, a quien rápidamente me dirigí, y a quien tuve por compañera de escucha aquellas largas horas en que la luz del alba parecía no llegar nunca. Entre aquel cúmulo de pensamientos solo veía uno con claridad: no podía negarme. Siento a la Encamisá, siento a mi pueblo y he oído muchas veces en casa que a la Virgen no se le dice nunca que no. Así me lo volvieron a repetir mis padres, cuando llorando, les comuniqué la noticia a la mañana siguiente.

Por eso estoy aquí. Y quiero comenzar mi pregón parodiando los primeros versos de aquella ofrenda y adaptarlos a este momento:

Aquí me tienes, María,
otra vez bajo tus plantas,
con bastantes años más,
inquieta y emocionada
por volver a hablar de ti,
aunque me falten palabras.
Difícil es la misión
que me ha sido encomendada,
quizás el mayor orgullo
de una torrejoncillana:
Anunciar ante mi pueblo
su fiesta más bella y magna,
fiesta dedicada a ti,
por pura e inmaculada.
Lo hago un poco temerosa
pero siempre confiada
en esa mano que pones,
esa mano con que amparas
a quien con fe a ti recurre
en difícil circunstancia.

Si pregonar es difundir en voz alta algo desconocido podríamos concluir ya este acto pues bien sabemos lo acreditada y difundida que está la Encamisá. Pero también es proclamar, concepto que me va a permitir pregonar a los cuatro vientos la grandiosidad de ese espectáculo sublime de la noche del 7 de diciembre, motivado por la devoción a María, la tradición y el sentir de un pueblo.

Comprenderéis que para remontarme al pasado me haya visto obligada a buscar referencias aunque solo sea para resumir. Así lo he hecho. Pero no he necesitado ir muy lejos. Solo he tenido que cruzar la calle y recurrir a esa amplia base de datos que es la biblioteca de la casa paterna, donde apenas se ha notado su falta.

No se puede olvidar lo que de histórico tiene la Encamisá, ni sus rasgos de ataque sorpresa. Repetidas veces se nos ha hablado o se ha escrito de acciones encamisadas especialmente de la que hubo, o mejor de las que hubo, en Pavía. Luego también nos han llegado noticias de una posible encamisá en un ataque al castillo de Portezuelo y de otra, esta auténtica y real, en Coria motivada por las luchas nobiliarias de la orden de Alcántara.

También ha llegado hasta nosotros el muy conocido Milagro de Empel y cómo un tercio español en Flandes, después del hallazgo de un cuadro de la Inmaculada y de una imponente helada, rompió un cerco de agua provocado por el enemigo. Este hecho dio lugar a que la Inmaculada fuese proclamada primero patrona de los Tercios y más tarde de la Infantería Española. Los versos en el monumento en su honor en la base de Bótoa, aún lo recuerdan:

Encontró el cuadro, lo sacó del suelo.
Se arrodillaron todos bajo el cielo
de la noche de Holanda oscura y fría.
Y no hubo novedad. De madrugada
se heló la mar y sobre el agua helada
desfiló una vez más la Infantería”

Acciones encamisadas, o semejantes, ha habido muchas, en cualquier tiempo y no todas realizadas de la misma manera. Por eso se nos antoja casi una utopía pretender averiguar, más bien adivinar, de cuál de ellas proviene nuestra Encamisá. Eso sí, siempre podremos encontrar interpretaciones lógicas, y algunas no tanto por el recurso constante a la imaginación.

Quizás andemos mejor encaminados si, en lugar de centrarnos en la acción en sí, dirigimos nuestro punto de mira más bien a los desfiles o cabalgatas que solían celebrarse tras semejantes hazañas, repitiendo de forma festiva los avatares sucedidos en el ataque sorpresa. En ellas reaparecía el disfraz, fuese camisa o sábana, el caballo, el fuego o cualquier otro elemento significativo.

Hay noticias muy fidedignas de estas celebraciones festivas realizadas no solo en honor a la Inmaculada. Llegaron a hacerse encamisadas por muy diferentes causas ¡hasta por el bautizo de una infanta! Nos la describe muy bien el Padre Coloma en su novela “Jeromín” y añade que estas fiestas se organizaban a veces de improviso, cuando la urgencia del tiempo no permitía muchos preparativos ni muchos lujos. Descripción que parece reforzar ese segundo significado de Encamisá como “fiesta que se hace de noche con hachas en señal de regocijo”

Es más que posible que alguna de estas cabalgatas se celebrase con el rezo del rosario durante ese largo proceso de siglos de devoción a María en todas partes y especialmente en nuestra nación. “España, tierra de María”, como dijo Juan Pablo II. Una devoción popular que poco o nada sabía de los razonamientos, discordias o debates que sobre su inmaculada concepción se habían llevado en Constantinopla, Éfeso, Basilea o se estuviesen llevando quizás en Trento, ni conocía la opinión de destacados eruditos, ni siquiera la conclusión de Duns Scotto de que Cristo, como Dios, podía hacerlo, le convenía hacerlo y lo hizo.

Lo que el pueblo veía en María, buscaba y ha buscado siempre en Ella ha sido el medio de llegar a Dios, su intercesión como madre ¿Qué mejor vía de acceso? El pueblo siente a María y le reza el rosario, ese rosario popularizado por Santo Domingo de Guzmán y su orden de Predicadores que es una súplica intensa y continuada a la Virgen. Y creo no exagerar al decir que a la Virgen, puesto que en cada misterio por sólo dos oraciones al Padre, una al principio y otra al final, rezamos diez repetidas y dirigidas a la Madre.

Y lo mismo ocurre con la letanía, la llamada letanía lauretana. Las súplicas van dirigidas a Nuestra Señora. Aunque comiencen y terminen con invocaciones a Cristo, Dios o la Santísima Trinidad, a quien se solicita la intercesión con el “ruega por nosotros” es a María llamándola “madre” (purísima, inmaculada…), “virgen” (clemente, virgen fiel…), con símbolos como rosa mística o estrella de la mañana, “misericordiosa” pidiendo salud o auxilio y reina (de los ángeles o de la paz).

La devoción a María se extiende a todos los niveles: en las Universidades donde se jura defender su concepción inmaculada, en las órdenes religiosas, en la literatura y en las artes donde ni Ribera, Velázquez, Murillo, Alonso Cano ni tantos otros en nuestro país y fuera de él se olvidan de pintar esa Inmaculada, esas doce estrellas, la media luna y la serpiente a los pies. Pero repito que es a nivel popular donde estalla el clamor y pasión hacia el tema mariano. Las corporaciones, gremios, hermandades, ayuntamientos, lo mismo de grandes ciudades que de humildes aldeas la nombran Patrona y celebran con fiestas su concepción sin mancha muchos años antes de la definición dogmática.

En nuestro pueblo hay constancia de la existencia de una imagen de Nuestra Señora de la Concepción ya desde el siglo XVI. Nunca tuvo Cofradía, posiblemente por la existencia y auge de la poderosa Cofradía del Rosario, bajo cuyo amparo es posible que estuviera. Pero sí tenía su retablo, dorado y pintado un siglo después por Juan Guerrero, pintor de Plasencia, quien plasmó la Concepción en la parte alta y la Salutación en la baja.

La devoción a María se intensifica en el siglo XVIII. El rey Carlos III proclama “especial Patrona y abogada de sus reinos y dominios de España y de las Indias a esta Soberana Señora en el referido misterio de su Purísima Concepción, sin perjuicio del patronazgo que en ellos tiene el glorioso Apóstol Santiago”. En nuestro lugar también se incrementa el fervor mariano y se fomenta la campaña del rezo del rosario. Se acude por las tardes a rezarlo a la iglesia al toque de oración, y en los días festivos se sale a cantarlo por las calles.

Mucho tendría que ver en ello la creación en este pueblo de una Enfermería franciscana y la llegada en 1736 de los frailes del vecino convento del Palancar, que se hallaba, y se halla, bajo la advocación de la Purísima. Grandes devotos de María y defensores como nadie de su inmaculada concepción, aquellos frailes construirían solo dos años más tarde en la Enfermería su propia capilla. Ellos fueron, sin duda, grandes difusores del fervor mariano y los promotores de muchos de estos piadosos actos.

Son años en los que se exhorta constantemente a los fieles a que sean muy devotos de María Santísima, y a que lo manifiesten públicamente. Para ello, cito textualmente, “se procurará que todos los domingos y días festivos salgan y se cante por las calles, después de vísperas, el santísimo rosario, al que concurrirá el cura teniente que se hallare de semana llevando el guión o estandarte

Al oír la palabra estandarte nos salta la alarma y nos hacemos una serie de preguntas ¿Qué estandarte sería? ¿Tendrían algo que ver estas procesiones con las antiguas cabalgatas festivas? ¿En alguna de estas procesiones habría presencia de caballos? Se puede dar una respuesta exacta y fiel a la primera de las preguntas: El estandarte era el de la Virgen del Rosario, cosa lógica al no tener cofradía la Inmaculada, pero estaba acordado que las insignias de la del Rosario debían encabezar también los actos de la Purísima Concepción. Así puede afirmarse y comprobarse en el relato de un incidente surgido en la misa de tercia del día 8 de diciembre de 1788 entre el alcalde de la cofradía del Rosario y los alcaldes del ayuntamiento.

Para responder a las otras dos preguntas nos gustaría dar rienda suelta a la imaginación pero hay que seguir con los pies en el suelo por no disponer de textos justificativos. Los libros de cuentas parroquiales nada reflejan al respecto, tampoco los de visitas. Hay que limitarse, por tanto, a dar cuenta de ello y que cada cual saque sus conclusiones.

El 8 de diciembre de 1854, bien lo sabemos, llegó la Declaración del Dogma. Hubo explosión de júbilo en el mundo cristiano al ser proclamado por bula pontifical lo que el pueblo venía celebrando durante siglos. En Torrejoncillo se celebró con gran solemnidad al año siguiente. Puede asegurarse que se gastaron 304 reales entre lo que importó la misa, el sermón, tres fanegas de pan para los pobres, la actuación de un violinista, el refresco que se les dio a las serranas y cuatro docenas de cohetes.

Dejo los tiempos pretéritos. Retorno al presente. Me detengo en mi pueblo. Me fijo en él en esa noche del siete de diciembre y lo veo como Galdós veía a la patria, como un lugar poblado de seres fraternalmente unidos, sin haber acordado nada para que así sea. Miro a mi alrededor y veo el insólito contraste de una bulliciosa paz: calles por donde desfilan gentes amigas, la plaza inquieta a la espera de las diez de la noche, viviendas abiertas cerradas durante el año, la lumbre ya encendida en la plazuela, un ajetreo continuo, un estado de excitación e impaciencia. Oigo cánticos, salvas y vítores, pero tengo la sensación de que hay un porqué que no veo. Con los ojos cerrados levanto la cabeza al cielo. Rápidamente pasa ante mi mente lo que no perciben mis ojos y siento entonces todo cuanto al nacer se asocia a nuestra existencia, todos los momentos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastare.

Estoy ya en el atrio. Ni pujo ni empujo para estar en primera línea. Para vitorear a María puedo hacerlo desde cualquier lugar. Las salvas resuenan ya de forma continua y es que está entrando la Encamisá. Falta muy poco para las diez. Jinetes y caballos han adornado la plaza y el mayordomo intenta llegar a las gradas. Tercer repique de campanas. Su tañido supera los oídos y nos llega hasta lo más profundo. Es el toque de alerta que hace que todas las miradas se dirijan a la puerta de la iglesia a la espera del momento cumbre. Parece cortarse la respiración, los latidos son más rápidos, los ojos más vivos y hasta un leve sudor intenta brotar en tu frente. Aparece el estandarte y manos y manos se extienden hacia él en un unánime clamor. La emoción contenida estalla en vivas y vivas a la azul insignia, símbolo de una tradición, de una devoción, del orgullo de un pasado, de amor a María y de la fe de un pueblo. Contemplo palpitante el recorrido de la enseña a través del atrio y como baja con dificultad las gradas hasta llegar a las manos del mayordomo. Lo levanta al cielo y lo presenta al pueblo. Miro a la plaza y guardo una imagen que no podré olvidar hasta el año que viene.

Preciosa estampa. Conjunto inenarrable imposible de ser descrito por mis insuficientes palabras: Sábanas blancas de los “encamisaos” en recuerdo de la cabalgata o acción guerrera y en clara alusión a la pureza de María, fastuosas las de los mayordomos, tachonadas de estrellas en torno a la imagen; faroles enhiestos que hacen resaltar la comitiva; recias cabalgaduras enjaezadas con las vistosas mantas y atalajes de la artesanía local; estandarte que no cesa de girar a uno y otro lado y ofrecido a los cientos de manos y corazones que se extienden hacia él. Cánticos, vivas, vivas y más vivas, delirio, griterío, entusiasmo y fe. Todo ello en una noche rota por el fuego y el humo de los miles de disparos que de los caños de las escopetas salen en dirección al cielo a modo de salutación, agradecimiento o súplica a la Intercesora.

A duras penas consigue el cortejo iniciar su ancestral recorrido. El paso por las calles largas y espaciosas de la Encamisá se asemeja claramente al de una marcha triunfal, al desfile o cabalgata de aquellos guerreros aclamados tras la victoria. Pero en cuanto llega a esas calles tortuosas, retorcidas, empinadas y estrechas, esas que en algunos puntos hacen obligatorio ir en fila, el cortejo triunfal se transforma en guerrilla dispuesta a cualquier ataque sorpresa, aunque tampoco falten en esos pasos angostos los vítores al estandarte que salen al aire desde cualquier ventana escondida en esas pintorescas calles.

Espectáculo grandioso se mire por donde se mire. Espectáculo que debemos conservar cueste lo que cueste. Son varios los peligros que le acechan si se enfocan desde un aire mal entendido de modernidad, que es lo que casi siempre sirve para justificar muchos procederes. Como todas las tradiciones la Encamisá se ha visto y se ve afectada por algunos factores que evidentemente tienen que ver con los cambios sociales y con la afluencia masiva de visitantes como consecuencia no solo de la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional sino también del calendario laboral y de ese puente que se ha formado en esas fechas. También de la difusión a través de los medios de comunicación y ¡cómo no! de las nuevas tecnologías a nuestro alcance.

Aún así la Encamisá mantiene su dignidad y sigue dando muestra de su carácter religioso y profano, tal como está definida. Pero hemos de reconocer también que nosotros, los propios torrejoncillanos podemos corregir y hacer corregir algunos detalles que no favorecen en nada a nuestra fiesta como el exceso de móviles y cámaras, claro reflejo del empeño actual por captar y guardar el momento en lugar de sentirlo, la desmedida presencia del alcohol o el querer hacernos notar a la menor oportunidad.

Son quizás insignificancias, excepciones que confirman la regla, pero hay que intentar que la Encamisá no se nos vaya de las manos. Hay que mantenerla y con cuantos menos defectos, mejor. Quizás tanta difusión y tanta actividad pueda hacerle perder intensidad e intimidad. Evidentemente cada cual puede interpretarla a su forma, cada uno verla según su manera de ser. Puede haber tantas visiones de la Encamisá como personas que participan en ella y está claro que no va ser la misma interpretación la del que es espectador que la de quienes nos consideramos participantes en la misma. Pero, aunque solo sea para interpretarla, habrá que mantenerla.

La Encamisá no correrá nunca riesgo mientras conserve sus rasgos fundamentales transmitidos de generación en generación, mientras los torrejoncillanos sepamos distinguir entre lo esencial y lo accesorio, y guardar como oro en paño ese espíritu que llevamos impregnado en nuestro ADN, que, aunque no lo sepamos bien describir, es una síntesis de infinidad de sensaciones:

El vehemente deseo de la llegada del siete de diciembre; la permanencia fija de la palabra Pura en nuestros labios como referencia de todo; la ilusión de los preparativos; el olor a coquillos en la calle y al alcanfor de las sayas en casa; el estruendo de los disparos al toque de las novenas y la impaciencia hasta que las campanas arrancan a tañer; el tono de los versos del Pues Concebida; la agitación de multitud de almas ante el estandarte y la estela de paz que en ellas deja a su paso; la alegría y el regocijo en todos los rostros; la añoranza por los ausentes o enfermos que no pueden estar; la amargura y el lamento por los que ya no estarán nunca, como dice el verso :“recuerdos y recuerdos, vivencias y vivencias, que rompen las barreras pero nunca la ausencia”; y más, y más y más. Todo queda quizás resumido en un ¡viva! En el viva profundo y desgarrado que brota de nuestros adentros, en ese otro viva que no suena, pero igual de sincero, y en el que no llega a salir, aunque quisiera, por el fuerte nudo que oprime esa garganta.

Y en el centro, como eje en torno al cual gira todo, María. La María intercesora. La madre a quien recurrimos en cualquier faceta de nuestra vida, a la que pedimos por nuestra familia, por nuestro trabajo o por la falta de él, a quien acudimos ante cualquier adversidad, a la que invocamos para que no nos abandone en la enfermedad y a quien reclamamos en tantos difíciles momentos. Nuestra Pura. Nos basta con llamarla así. Solo con nombrarla Pura ya la reconocemos como espejo de virtudes y árbol lleno de vida, y la aclamamos como oliva verde símbolo de esperanza, azucena blanca, limpia y nítida, estrella que conduce a puerto seguro, manantial perenne de gracia, o aurora hermosa, luz de fe y confianza.

Si continuamente estamos agradeciendo su auxilio y aclamándola con sus atributos de perfección y pureza, vamos a hacerlo de forma especial en estos días en que ya todo huele a Encamisá. Ayer novenas, hoy pregón, mañana ofrenda, el jueves aniversario y por fin el momento cumbre, sin dejar atrás esa otra Encamisá de recogimiento, de meditación, serena, plena de súplicas, plegarias y promesas, donde solo las cuentas y los misterios del rosario perturban el silencio de la noche y de la madrugada. Encamisá de la víspera que se prolonga todo el día, con repetición del recorrido según el número de favores o de súplicas.

Se acerca la hora, ya hierve la sangre, la emoción sigue contenida, los corazones abiertos … Todo a punto … ¡La Encamisá ya está aquí! Y como pregonar también es convocar:

En nombre de este mi pueblo,
pueblo firme en sus creencias
si se trata de María
por su probada pureza,
y que sabe conservar
una tradición tan bella
de aclamarla año tras año
como santa, madre y reina
con vítores de las almas
y con fuego de escopetas,
Hoy convoco ilusionada,
a las gentes de mi tierra
a celebrar con orgullo
esta inigualable fiesta
que desde siglos hacemos
a esa Virgen, madre nuestra,
paseando su estandarte
por las calles y plazuelas.
Todos la estáis deseando.
La gran noche ya está cerca.
Que nadie falte a la cita.
Bien sabéis la hora y la fecha.

 

Conocéis también perfectamente vuestro cometido, que no es otro que hacer lo que desde niños habéis visto hacer y venís haciendo sin que nadie os dirija en ese inmenso escenario enmarcado por una noche de diciembre, ebria de pólvora y humo, próxima al solsticio de invierno cuya frialdad es superada ampliamente por el calor humano, y su oscuridad vencida por hogueras y faroles. Noche callada, roto su silencio por miles de disparos, trotar de cabalgaduras e infinidad de vivas. Abierta al infinito, noche entrañable, de nostalgias, evocaciones y recuerdos, noche de hermandad, grandiosa, la noche de Torrejoncillo, la noche de la Encamisá.

Hagamos una Encamisá de todos y de cada uno, de los presentes, de los ausentes, de nuestros mayores, de nuestros hijos. Es nuestra noche. Gocemos con la visión de la maravillosa función que nosotros mismos protagonizamos, pero demos también rienda suelta a nuestras emociones y sentimientos, a nuestro fervor y entusiasmo. Nos lo pide nuestro interior, nos lo reclama esa esencia indescriptible que sale de nuestro ser y que hace posible la existencia de una celebración tan bulliciosa, pero tan íntima… ¡Vivamos la Encamisá!

Quiero terminar con un ruego, con el mismo que hizo mi padre en verso al término de su Pregón. Permitidme, porque me hace mucha ilusión, que esas mismas estrofas sirvan también como punto final del mío:

“… Que no falte el griterío,
que no paren las gargantas
de lanzar vivas y vivas,
te salgan donde te salgan,
que es un modo muy de aquí
de a la Virgen dar las gracias.
Cántale Pues Concebida,
Canta Patrona de España,
y llámala Oliva Verde,
llámala Pura y sin mancha
y tantas cosas bonitas,
aunque se viertan las lágrimas.
Y que suene fuerte el grito,
grito que sale del alma
¡Viva, viva, viva y viva!
¡Viva María Inmaculada!”