D. Moisés Leví Paniagua Martín

 

Ave María Purísima.

Madre Inmaculada, Sr. Presidente y Junta de Paladines de La Encamisá, Sr. Predicador, Señor Alcalde, Señor Mayordomo y familiares, Srta. Oferente, paisanos y visitantes aquí presentes en este Salón de Actos de la Casa de Cultura y todos aquellos que nos veis a través de TTV o desde internet, buenas noches a todos y bienvenidos a este acto del Pregón.

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Un viernes a mediados de septiembre, me reuní con unos amigos para celebrar un acontecimiento de uno de ellos. Todo transcurría de forma habitual, charlando de manera relajada durante la cena.

A las 11 y media de la noche, mi teléfono sonó. Se trataba de Juan, el Presidente de Paladines. Me desconcertó que me llamara tan tarde, nada habitual en él. Respondí al teléfono con cierta inquietud y él me dijo que necesitaba un foco para salir en bicicleta por la noche. No sé por qué, aquello no cuadraba.

Al final me dijo: “te llamo como Presidente de Paladines en nombre de la Junta Directiva que está ahora reunida. Hemos decidido que tú seas el Pregonero de La Encamisá de este año. Si puedes, ven a la Sede”.

En aquel momento, perdí la noción del espacio y del tiempo, me quedé paralizado. Fueron unos escasos segundos de conversación que se me hicieron eternos.

Mi primera respuesta fue: “NO”. Le dije que no podía, que esa responsabilidad era superior a mí, pero que iría a hablar con ellos.

Me ausenté de la cena y me dirigí a la sede. Las piernas me temblaban subiendo la escalera de caracol casi a oscuras, para acceder a la sala de reuniones, con la idea de declinar la invitación de la Junta Directiva.

También era consciente de que, si me negaba a ello, me podría arrepentir durante toda mi vida.

Pero al entrar allí, lo primero que vi fue el Estandarte de María Inmaculada presidiendo la sala y, después a Juan, que se dirigía hacia mí, para felicitarme. En aquel instante, un miembro de la Directiva comenzó a lanzar “Vivas” a María. Mi emoción estalló cuando volví a mirar el Estandarte y entonces grité:

¡Viva María Inmaculada!

¡Viva la Purísima Concepción!

¡Viva la Patrona de Torrejoncillo!

En aquel momento, el “NO” se convirtió en “SÍ”, en un “SÍ” a María, en un “SÍ” a Paladines que con tanto esfuerzo trabaja por nuestra fiesta, en un “SÍ” a mis padres que durante toda la vida nos han enseñado a mí y a mis hermanos a querer a nuestra Pura, en un “SÍ” a nuestros antepasados que nos han trasmitido esta singular fiesta en forma de tradición y en un “SÍ” a mi pueblo.

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Esta noche quiero agradeceros a todos los que integráis la Directiva de Paladines, que hayáis depositado vuestra confianza en mí para elaborar este Pregón. Me habéis regalado uno de los mayores honores que un torrejoncillano puede tener.

Es un agradecimiento que hago extensible a todos, por las innumerables muestras de cariño que he recibido en estos días y que me han hecho reunir las fuerzas necesarias para afrontar esta recta final.

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Antes de nada, me gustaría pedir disculpas por los errores que pueda cometer durante el transcurso de este pregón, porque los nervios siempre son traicioneros en los momentos más importantes.

A lo largo de mi vida, he tenido que dirigirme en numerosas ocasiones al público, pero nunca antes, una intervención me había quitado tantas veces el sueño, me había hecho dudar tanto, ni me había perseguido desde el momento en el que me dieron la noticia hasta este mismo instante.

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A todos nos resulta complejo explicar nuestra fe y nuestra forma de vivir las fiestas de la Inmaculada. En particular, lo es para mí, una persona de ciencias que, en ocasiones, encuentra la solución a un problema mediante la aplicación correcta de una fórmula de física.

Pero hay algo que os puedo asegurar, este Pregón está escrito con el mayor de los sentimientos hacia La Encamisá y hacia todo lo que representa. Intento explicar en algunos de sus fragmentos, las emociones que siento en estas fechas a través de las palabras.

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Volviendo otra vez a aquella noche de septiembre, los “Vivas” que escuché al llegar a la sede de Paladines y los “Vivas” que salieron de mi garganta, son los que en aquel momento me hicieron cambiar de opinión, porque sentí a María junto a todos nosotros, de una manera similar a lo que sentimos durante la Salida del Estandarte.

Por ello he querido que el eje de este Pregón sean precisamente los “Vivas”.

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Si algo aprendemos pronto cuando somos pequeños, cuando apenas balbuceamos, es a decir “¡VIVA!”. Al año siguiente, ese escueto “Viva”, evoluciona y ya somos capaces de decir: “¡Viva María Santísima!”.

El lenguaje que vamos adquiriendo, con el paso de los años y de la vida, va obteniendo un nuevo significado para cada uno de nosotros.

Aquellos primeros tímidos “Vivas” lanzados cuando éramos niños en las novenas, fueron dando paso a los “Vivas” de adolescentes junto a nuestros amigos.

“Vivas” que con la madurez de la vida, se han ido convirtiendo en una forma de sentir más cerca a aquellos que ya no están con nosotros y en una manera de pedir salud a María para los que están.

“Vivas” de las personas mayores, que en ocasiones apenas se les pueden escuchar, pero que suenan fuertes en la noche de La Encamisá.

Los “Vivas” son siempre los mimos, es nuestra vida la que va cambiando y, con ella, el sentido ellos.

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En una ocasión y en otro lugar, pude vivir junto a otros paisanos, cómo celebran en uno de los muchos pueblos de España, su fe a María Inmaculada de forma diferente a la nuestra.

Tal como hoy, hace tres años, escuché “Vivas” similares, en la localidad hermana de Nava del Rey en Valladolid, donde realizan la bajada de la Inmaculada desde la ermita al pueblo, en la noche del 30 de noviembre, y su subida el 8 de diciembre, para celebrar el novenario en la iglesia.

Aquel año Torrejoncillo y Paladines, devolvieron la visita que un año antes habían hecho los navarreses a Torrejoncillo con motivo del hermanamiento de las Asociaciones y de los Pueblos.

Esta festividad es conocida como la “Virgen de los Pegotes” porque estos son como antorchas, que iluminan el paso de la Virgen durante los dos kilómetros que separan la ermita del pueblo.

Aquel 30 de noviembre, en aquella hermosa ermita situada en lo alto de un cerro, contemplamos cómo las Hijas de María, vecinos y representantes municipales, se dispusieron a sacar la Imagen de la Pura, para trasladarla a una carroza tirada por mulas.

Si algo recuerdo, fueron aquellos momentos de gran emoción durante la salida de la imagen del interior de la ermita. En aquel instante se entremezclaron y unieron los “Vivas” a María de los navarreses y de los torrejoncillanos que nos encontrábamos allí.

Aquellos “Vivas” decían:

¡Viva el Tronco de la fe!

¡Viva la Pura y sin Mancha!

¡Viva la Estrella de la Mañana!

¡Viva el Refugio de los pecadores!

¡Viva la que nos cubre con su manto!

Así, hasta una veintena de “Vivas” diferentes, muchos de los cuales coinciden con los nuestros, con la diferencia en la forma de lanzarlos: Ellos lo hacen de manera sobria, con las manos entrecruzadas pegadas al cuerpo y respetando el turno para lanzar sus vítores.

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También estamos hermanados con Horcajo de Santiago en Cuenca. Una representación municipal y de la Hermandad de la Inmaculada vinieron en el año 1984 con este motivo.

Pueblo conocido por su famoso “VÍTOR” celebrado la noche del 7 al 8 de diciembre, sacando en procesión el Estandarte de María Inmaculada por las calles de la localidad siendo portado por un jinete y acompañado por otros dos.

Ellos lanzan “Vítores”, y los lanzan como hacemos aquí: con las manos en lo alto, de forma apasionada y sin respetar orden alguno.

Pero ellos solo emplean un único “Viva”: “Vítor la Inmaculada Concepción de María Santísima, Concebida sin Mancha de Pecado Original”.

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He puesto estos dos ejemplos de fiestas Inmaculistas vinculadas con Torrejoncillo, de las innumerables que existen y que guardan una relación directa con el fondo de La Encamisá, que no es otro que el Amor de un pueblo a la Pura y su forma de expresarlo.

Estoy seguro de que ellos también habrán crecido con ese acervo, habrán aprendido a tirar “Vivas” desde pequeños y habrán tenido una evolución en sus vidas que haya ido transformado el sentido de sus “Vivas”.

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Pero, ¿os habéis preguntado alguna vez por el origen de nuestros “Vivas” a María y qué significado tiene cada uno de ellos, más allá del que nosotros les podamos dar?

A raíz de la visita a Nava del Rey y comprobar que algunos “Vivas” se repetían en Torrejoncillo, me lo pregunté.

Por eso voy a intentar dar respuesta a ello:

 

“Viva la MADRE DE DIOS”

Sin duda, es el “Viva” más importante.

Es el Primer Dogma de Fe Mariano de la Iglesia, llamado Dogma de la Maternidad Divina.

En el año 431 mediante el Concilio de Éfeso, María es reconocida y proclamada formalmente para toda la Iglesia como Madre de Dios, que concibió y dio a luz a la Segunda persona de la Trinidad.

Este Concilio se celebró debido al planteamiento hecho por Nestorio, Patriarca de Constantinopla, según el cual, María no era Madre de Dios, sino solo Madre de Cristo; madre del hombre que habitó el Hijo de Dios; madre de la parte humana, no de la Divina.

Esta afirmación provocó las correspondientes protestas de buena parte del clero y del pueblo. Por ello, el Papa Celestino I convocó el Concilio de Éfeso en el que sancionó:

“la doctrina de que Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero. En Jesucristo se dan dos naturalezas unidas en una forma especial y misteriosa que lleva el nombre de Unión Hipostática; las dos naturalezas, la divina y la humana conforman una sola persona, que no es mitad y mitad, sino sólo divina”.

Y en él se da el título de “Madre de Dios” a María.

 

“Viva NUESTRA MADRE”

Cuando Jesús fue crucificado en el monte del Calvario de Jerusalén, estuvo acompañado por su madre, la hermana de su madre, María Magdalena y uno de sus discípulos.

Consciente de que le quedaba poco para morir, Jesús le dijo a María: “mujer, ahí tienes a tu hijo”, y al discípulo le dijo: “ahí tienes a tu madre”.

Con aquellas palabras, Jesús nos entregó a María como Madre Celestial y a nosotros nos convirtió en sus hijos para ayudarnos a realizar el camino de la vida junto a Ella.

 

“Viva la PURÍSIMA CONCEPCIÓN, MARÍA INMACULADA y la INMACULADA CONCEPCIÓN”

Son diferentes formas de expresar una misma realidad.

La afirmación de que María fue Concebida sin Mancha de Pecado Original, surgió en los primeros siglos de la Cristiandad, y fue defendida por el pueblo y por gran parte de personas autorizadas de la Iglesia.

En los siglos XII y XIII aquella creencia se encontró con la oposición de algunos religiosos.

Así, en el siglo XIV, se produjo una gran reacción de los partidarios de la Concepción Inmaculada de María, quienes aportaron argumentos teológicos que desmontaron las tesis de los más reacios a esta prerrogativa Mariana.

Durante los siglos XV, XVI y XVII creció el número de instituciones, pueblos, ciudades y naciones que proclamaron la Inmaculada Concepción de María.

Tal era la devoción que adquirió en la sociedad de la época y en el seno de la Iglesia, que en 1476 el Papa Sixto IV mediante la Bula Cum Pro Excdelsa aprobó la fiesta de la Concepción de María y autorizó Oficio y Misa Especial para esa solemnidad.

Durante los siglos XVII y XVIII, Emperadores, Reyes, Príncipes y Cortes de toda Europa comenzaron a pedir insistentemente al Papa la declaración Dogmática de la Inmaculada Concepción.

Después de siglos de controversias de una pequeña parte de la Iglesia, el Papa Pío IX, decidió dar una solución definitiva. Para ello escribió a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos preguntándoles acerca de la devoción de sus cleros y pueblos por el misterio de la Inmaculada Concepción de María y su deseo de verlo definido. La respuesta fue unánime al hecho de que la fe de su pueblo era completamente favorable.

El Papa, una vez que constató la devoción por la Inmaculada Concepción, promulga la Bula Ineffabilis Deus, el 8 de diciembre de 1854 en la Plaza del Vaticano, en la que dice:

"Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esa doctrina fue revelada por Dios, y debe ser, por lo tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles".

Este es el tercer Dogma de fe Mariano de la Iglesia, llamado Dogma de la Inmaculada Concepción de María.

 

 “Viva MARÍA SANTÍSIMA”

A María no la consideramos solo Santa, sino la Santísima, por encima de todos los santos, ángeles y arcángeles.

María de Nazaret fue la elegida por Dios como madre de Jesucristo. Por ello Dios la creó perfecta, pura y sin mancha de Pecado Original desde el mismo momento de su concepción.

Como dijo el Ángel de la Anunciación “Salve, llena eres de Gracia, el Señor está contigo”.

Nadie puede evitar todos los pecados a lo largo de su vida; sin embargo, María ha sido la única excepción.

Por ello es Santísima, “Sin Pecado”, desde el mismo instante en el que fue Concebida hasta su Asunción a Los Cielos.

 

“Viva la DEFENSORA, INTERCESORA y REDENTORA DE LA FE”

Cada uno de estos términos, tiene connotaciones diferentes, pero en resumen, María es ejemplo de fe.

En la Anunciación aceptó la misión encomendada por Dios con una sencilla frase: “hágase en mí según tu palabra”

El primer milagro que hizo Jesús fue en “Las bodas de Caná”, como muestra de la fe de María en Jesús.

Según el Evangelio, ante la falta de vino, María se dirigió a su hijo diciendo: “No tienen vino”, a lo que él respondió: “aún no ha llegado mi hora”. Pero María tuvo fe en Él, en quien confió para solucionar la ausencia de vino e insistió diciendo a los sirvientes: “haced lo que Él os diga”. Y su hijo convirtió el agua en vino.

En este episodio bíblico, se muestra cómo María se convirtió en el modelo por excelencia de la fe en Jesucristo y en su misión de la Salvación del Hombre.

 

“Viva la REINA DE LOS ÁNGELES”

Desde el principio en la vida de María hasta el final, los ángeles jugaron un papel importante:

El ángel Gabriel anunció a María que había sido elegida para ser la Madre de nuestro Salvador.

De nuevo, el Ángel Gabriel, se le apareció a José y le dijo que debía tomar a María como esposa.

Los ángeles se aparecieron a los pastores para anunciar el nacimiento de Jesús e instruyeron a José para evitar a Herodes.

La Asunción de María, constituye el Cuarto Dogma Mariano. Podemos imaginar una gran cantidad de ángeles acompañando a María al cielo, reuniéndose alrededor de ella mientras es coronada Reina.

A partir del siglo V se le comenzó a atribuir a María el título de Reina.

Si nos fijamos, tanto en el estandarte llamado del “coronel”, como en el actual, María se encuentra en el centro rodeada de ángeles, sujetando dos de ellos en la parte superior una corona, como símbolo de Reina de los Ángeles, Reina del Cielo.

Lo mismo sucede con la imagen de la Pura, acompañada por cuatro ángeles situados a sus pies.

 

“Viva la PATRONA DE ESPAÑA”

La defensa de España de la Concepción Inmaculada de María, viene de muchos siglos atrás, respaldada por todas las dinastías reinantes desde la época Visigoda y por la Iglesia española.

Así, en 1644 bajo el reinado de Felipe IV, la Inmaculada fue declarada fiesta de guardar en todo el Imperio de España.

El 25 de diciembre de 1760, a petición del rey Carlos III y apoyado en el sentimiento mariano del Pueblo Español durante siglos, el Papa Clemente XIII mediante la Bula Pontífica Quantum Ornamenti proclamó a María Inmaculada como Patrona de España.

El 8 de diciembre de 1857, precisamente tres años después de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción de María, desde la terraza de la Embajada de España en Roma, el Papa Pío Nono durante la inauguración del monumento que él hizo construir a la Inmaculada en la Plaza de España, dijo:

"Fue España, la Nación, que por sus reyes y por sus teólogos, trabajó más que nadie para que amaneciera el día de la proclamación del dogma de la Concepción Inmaculada de María".

Diez años después del anuncio de la Bula Ineffabilis Deus, el Vaticano concede a los sacerdotes españoles el privilegio de poder utilizar casulla azul, color asociado a la Inmaculada, para la celebración de la misa el 8 de diciembre, reconociendo así el papel de la Iglesia española en la defensa durante siglos de la Inmaculada Concepción.

 

“Viva la PATRONA DE INFANTERÍA”

La infantería está ligada a la Inmaculada Concepción desde 1585.

Según la tradición castrense, un tercio español se mantenía sitiado por el enemigo en la localidad de Empel en Holanda, durante una de las Guerras de Flandes. Se encontraban bloqueados en una isla por la escuadra holandesa.

La situación era desesperada porque los víveres empezaban a escasear. Los enemigos propusieron una rendición, a la que los infantes españoles se negaron.

Ante aquella respuesta, los holandeses abrieron las puertas de los diques de contención de los ríos para inundar el campamento enemigo. El nivel del agua subió y solo quedó un pequeño monte de tierra firme donde los españoles se refugiaron, el monte Empel.

Era el día 7 de diciembre, cuando un soldado que estaba excavando una trinchera se encontró con una tabla con la imagen de la Inmaculada Concepción. La noticia se difundió por todo el campamento. Los infantes entendieron aquel hecho como una señal de protección. Colocaron la imagen de la Virgen en un altar improvisado y el tercio español se encomendó a la Inmaculada.

Aquella noche se desplomaron las temperaturas con un fuerte viento que heló las aguas del río Mosa. Los españoles marcharon por el hielo, atacaron por sorpresa al enemigo en el amanecer del 8 de diciembre, obteniendo una victoria épica.

Ese día, entre vítores fue proclamada la Inmaculada Concepción, Patrona de los Tercios de Flandes.

Sin embargo, no fue hasta 1892 cuando la Inmaculada fue declarada Patrona de Infantería mediante Real Orden de la Regente María Cristina.

 

“Viva la PATRONA DE TORREJONCILLO”

Nuestra localidad, a lo largo de la historia, no ha sido una excepción en lo que se refiere a nombramientos y reconocimientos a la Purísima.

Como hemos visto, el Pueblo reconoció a María como La Inmaculada Concepción antes que la Iglesia.

La Infantería hizo lo mismo al designarla como su Patrona, antes de que formalmente la Regente María Cristina así la proclamara.

España había reconocido a la Inmaculada como Patrona, antes de que Carlos III lo solicitara formalmente al Vaticano y esté así la proclamara.

La gente de Torrejoncillo ha declarado hace siglos a María Inmaculada como su Patrona, sin necesidad de tener que esperar a que una institución lo haya tenido que reconocer.

De hecho, no se tiene constancia de que el Ayuntamiento en algún momento de la historia haya proclamado a la Inmaculada como Patrona de Torrejoncillo.

La única distinción que aparece se produjo el 25 de octubre de 2018, cuando el Pleno del Ayuntamiento aprobó nombrar “Alcaldesa de Honor” a la Virgen María Inmaculada, a petición de Paladines de La Encamisá.

Este nombramiento se materializó en el acto solemne de la Eucaristía del 6 de diciembre en la Plaza Mayor, con motivo del X Aniversario de la Coronación Canónica de la Imagen, y desde entonces, la Virgen ha tenido colocado a sus pies, el bastón de mando de Torrejoncillo.

 

“Viva LA ENCAMISÁ”

Este “Viva” es un ensalzamiento a nuestra fiesta, a nuestros antepasados, a nuestras raíces, a nuestros recuerdos, y de aquellos primeros recuerdos de La Encamisá, que me vienen a la cabeza como un mosaico de imágenes desperdigadas sin un orden cronológico claro, y de otros más, hoy quiero rememorar con todos vosotros.

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Mi primer recuerdo de La Encamisá es el olor a coquillo.

Me crié en una casa que era un comercio, o un comercio que era una casa. No había apenas distinción entre estos dos espacios, de manera que los acontecimientos domésticos, se trasladaban al comercio y viceversa. Vivíamos en la Plazuela de la Vega.

Como he dicho, el olor a coquillos es lo primero que soy capaz de recordar. Unos días antes del inicio del novenario, mi madre hacía los coquillos después de cerrar el comercio, para poder venderlos antes de la Pura.

Cada vez que en estas fechas percibo este olor tan familiar por las calles de Torrejoncillo, inevitablemente me viene a la cabeza la imagen de los ingredientes cociendo en el fogón de la cocina de mi casa, con las cáscaras de naranja ya secas, que tiempo atrás mi madre se había encargado cuidadosamente de cortar, cada vez que las comíamos, para después guardarlas.

Eran noches fritando coquillos y en las que ayudábamos todos a mi madre, sin olvidar a una vecina entrañable que pasaba aquellas noches con nosotros, tía María Monte.

Recuerdo aquel primer coquillo de la temporada comido sin miel, solo con un poco de azúcar. Y como no, las horas que pasábamos los días previos enmielándolos para llenar los azafates de las clientas.

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Me vienen a la cabeza los primeros tiros al repique de las campanas en las novenas. En aquel momento, hubiera mucho o poco trabajo en el comercio, mi padre sacaba la escopeta para lanzar las salvas. ¡Y lo que me gustaba a mí poder tirarlas también él! Hoy en día, este ritual lo seguimos realizando juntos al primer repique de campanas.

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Recuerdo cómo mi madre me llevaba en mis primeros años, a ver la salida del Estandarte. Permanecíamos pegados al muro del atrio de la iglesia para reducir los empujones. Al principio me llevaba en brazos y cuando fui creciendo, iba cogido de su mano.

La primera Encamisá que puedo recordar, mi madre me tenía en brazos, aupándome un poco más cuando salía la Virgen. La escena era un auténtico espectáculo: el Estandarte haciéndose paso entre un mar de personas que lanzaban “vivas” y “vivas”; escopetas arrojando fuego; ruido, mucho ruido; jinetes ensabanados con faroles encendidos esperando a que les entregaran el Estandarte. Y en medio de ese bullicio, nosotros.

Entre la multitud, recuerdo cómo a los mayores se les saltaban las lágrimas. Ante los ojos de un niño, es difícil comprender esa situación, y no se consigue hasta que uno no madura en esta vida.

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Algún año después, aunque seguía siendo un niño, ya iba solo a la novena, donde me encontraba con otros amigos.

Nos quedábamos abajo, en las escaleras que suben al coro, porque no nos permitían subir, a no ser que fuéramos acompañados de un adulto. Solo podía acceder al coro cuando coincidía allí con mi hermana.

Escuchábamos el “Pues Concebida” y los “Vivas” de las personas mayores que conseguían transmitirnos su emoción. Hoy echo de menos algunas voces que me marcaron en aquellas novenas de mi infancia; “Vivas” que aún escucho si busco en mi interior. Me refiero a personas que esperábamos que llegaran a lo largo del novenario para poder oír sus “Vivas”, como eran los de Arsenio El Sacristán.

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Al finalizar la novena, salíamos en bandada todos juntos para jugar en la plaza y luego irnos a nuestras casas.

Jugábamos con petardos, metiéndolos en los cartuchos para hacerlos estallar, con pequeños cohetes que a veces también tirábamos “a rastrera” y con bombetas.

Tengo que reconocer que me encanta ver cómo los niños siguen jugando durante estos días y haciendo ruido por las calles con esos artificios pirotécnicos, como lo hacíamos nosotros entonces.

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Los días previos a La Encamisá, uno de los lugares que elegíamos para jugar era el barrio de San Antonio. En esta calle, al inicio de Valdecornejo, se agolpaban durante varios días decenas de caballos para ser herrados en el banco.

Nos acercábamos a ver los caballos y a los herradores, Eusebio y Rosendo, haciendo su trabajo: Rebajaban los cascos, les daban la forma adecuada a las herraduras a base de golpes, para conseguir un ajuste perfecto entre casco y herradura, terminando el proceso mediante la fijación con clavos.

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Desde muy pequeño me han llevado también al acto que nosotros denominamos “Andar La Encamisá” la noche de antes.

Mis padres iban con mis tíos María y Julián, con sus amigos Paqui y Natalio, y los familiares de éstos, que siempre vienen por la Inmaculada.

En esta procesión sucedía y sucede todo lo contrario de lo que acontece al día siguiente. No hay ninguna imagen, no hay caballos, no hay escopetas; solo el silencio interrumpido por el rezo del rosario y por alguna que otra parada en las sinuosas y estrechas calles torrejoncillanas, para coger un poco de aliento.

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De todos estos recuerdos desordenados, he conseguido rescatar uno muy emotivo para mí, unos días posteriores a una Encamisá.

La imagen que tengo es la de mi tía María en su casa, al lado de la ventana del comedor en la silla donde cosía, con el “Estandarte llamado del Coronel” en su regazo, sacando los tacos de los tiros de las escopetas que habían perforado su tela, bordándolo y colocando las caras de los angelitos que se habían estropeado.

Sería una de las últimas ocasiones que este estandarte procesionó la noche de La Encamisá, dado que posteriormente fue sustituido por el actual.

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Tampoco olvidaré mi primera Encamisá a caballo.

Tendría unos 15 años, hasta entonces solo había ido andando con los amigos delante de los caballos. Pero aquel año, mi amigo José Luis y yo nos pusimos de acuerdo para ir juntos, y así lo hicimos.

Fuimos en su yegua, subidos en una albarda incómoda que no dejaba de moverse, pero que me permitió vivir La Encamisá de forma diferente; poder ver a la gente que espera en sus casas el paso de la procesión; intercambiar “Vivas” con los Encamisaos y con las personas que se encuentran en puertas y ventanas del recorrido.

Fue una experiencia tan placentera que a lo largo de varios años sucesivos, volví a repetirla con mi hermano.

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En estos días todo tiene su sentido: el lugar, el momento y nuestros actos; especialmente, en la noche de La Encamisá, en la que intentamos situarnos tanto en la salida como en la entrada, lo más cerca posible a la zona donde nos hemos ubicado en los años anteriores y con las mismas personas con las que uno suele juntarse todos los años, siempre con alguna prenda de vestir vieja que venimos utilizando sistemáticamente esa noche.

En el recorrido realizamos casi las mismas paradas que en años anteriores; visitamos casi las mismas casas; intentamos encontrarnos, saludar y compartir unos pasos de la procesión con las personas de todos los años.

Y esto es así, porque nos gusta repetir una y otra vez nuestra Encamisá, de la forma más fiel posible a cómo la hemos ido viviendo.

Todo tiene su porqué.

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El día de la Pura es un día en el que el torrejoncillano es capaz de cambiar la mentalidad en pocas horas.

Si la noche anterior hemos intentado ponernos alguna prenda que hemos utilizado durante años en la noche de La Encamisá, el día 8 sucede todo lo contrario y lo que intentamos es estrenar alguna.

Si la noche anterior las calles han estado abarrotadas de personas en las que casi no se puede caminar, el 8 nos encontramos casi exclusivamente los del pueblo.

Si la noche anterior hemos tenido una sensación de nerviosismo y ansiedad por que llegaran las 10 de la noche, el 8 estamos rebosantes de paz.

Si la noche anterior las puertas de nuestras casas han permanecido abiertas para que entraran todas las personas que así lo desearan, el día 8 se encuentran cerradas para acudir a la procesión de la Pura, y poder despedir a nuestra patrona en su espectacular entrada en la iglesia Parroquial de San Andrés.

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Por eso, la fiesta de La Encamisá, es mucho más que unas horas de procesión durante la noche del 7 de diciembre.

Es el alboroto de las casas a lo largo de los días previos a esta fecha: la disposición de los trajes típicos torrejoncillanos, que se sacan de los baúles y se airean para que no huelan a alcanfor; la preparación de las escopetas y la provisión de cartuchos; el herraje de los caballos y el engrasado de las monturas y cabezadas; el corte de las jachas; la recogida de la leña para las lumbres que nos dan calor esa noche; el acopio de vino y coquillos para todos los que llegan a nuestros hogares.

En definitiva, son pequeñas cosas que en cada casa, se han ido repitiendo durante años, y que han convertido la preparación de esta fiesta en una tradición.

Pero no nos conformamos solo con eso, y aquí viene lo trascendente: queremos vivir y sentir.

Queremos vivir y sentir la ofrenda disfrutando de la belleza de nuestros trajes, de las hermosas palabras que la oferente dedicará a la Pura y de los encuentros con las personas que hace tiempo que no vemos.

Queremos vivir y sentir las novenas, preparándonos día a día para la llegada de la Noche Mágica, con las palabras del párroco y del predicador, con las canciones del coro, con el rezo del “Bendita Sea tu Pureza” previo al canto del “Pues Concebida” y con los “Vivas” a María.

Torrejoncillo se transforma por dentro y por fuera para vivir La Encamisá. Sus gentes son las auténticas organizadoras de una de las fiestas más singulares y populares de España.

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Ya quedan pocos días para que llegue.

Permitidme que haga este llamamiento:

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- Infantes de María: Preparad vuestras escopetas, llenad vuestros bolsos de cartuchos, cuya munición son salvas a nuestra Patrona. Sois los encargados de escoltar el Estandarte y anunciar con vuestros disparos su llegada a cada una de las casas que esperan su paso.

- Caballeros de María: Disponed de vuestros caballos, organizad los aperos, sacad vuestras sábanas blancas para acompañar, en la Noche de las Noches, a María Santísima y a sus mayordomos.

- Paladines, que somos todo el pueblo: Realicemos acopio de Jachas y Leñas, que nos proporcionarán luz en la sombra y calor en el frío; de Coquillos y Vino, que nos ayudarán a coger fuerzas y a aclarar nuestras gargantas desgarradas por los “Vivas”. Abramos nuestras casas porque llega La Encamisá, símbolo de la hermandad de un pueblo que comparte lo más profundo, con todos aquellos que desean conocer nuestra cultura.

Es la herencia intangible recibida de nuestros antepasados y como tal, se la tenemos que transmitir a nuestros descendientes.

Sigamos protegiendo y cuidando nuestra fiesta tal y como la conocemos, para que dentro de 100 años, cuando ninguno de los aquí presentes estemos, sigamos escuchando desde el Cielo en las calles de Torrejoncillo los “Vivas” a María Inmaculada.

¡Viva la Defensora de la fe!
¡Viva la Reina de los Ángeles!
¡Viva la Patrona de España!

Muchas gracias.