Dña. Cristina Victoria Montero Rodrigo

 

¡Queridísima Virgen y madre María!

Aquí me tienes, a tus pies, para mantener una de nuestras largas charlas, esas que habitualmente tú y yo tenemos en silencio, en la más absoluta intimidad. Esas conversaciones en las que me desahogo, te cuento mis alegrías y mis pesares y tú me reconfortas como nadie sabe hacerlo.

Por una vez me saltaré el guión y alzaré la voz para que nuestro pueblo sea testigo de mis palabras, para compartirlas con mis paisanos y seres queridos, en este cometido que me han encargado para representar a la mujer torrejoncillana y en el que tú, mejor que nadie, sabes que no me encuentro nada cómoda. Pero no fui capaz de decir que no, no supe rechazarte.

Normalmente esos diálogos son más personales, pero esta vez me vas a permitir que amplíe ese círculo y en él, entren todas y cada una de las personas, que de una u otra manera, componen ese inmenso puzzle que forman nuestras vidas. Hoy nos escuchan muchas personas que tienen la mirada puesta en ti y el oído en mis palabras. Torrejoncillanos y torrejoncillanas que posiblemente guarden en su corazón algo muy parecido a lo que salga hoy de mi boca.

 

Casi al final de este año que tanto sufrimiento ha causado, en el que nos han borrado de la expresión de nuestras caras, lo más bello, la sonrisa, desearía que esta ofrenda fuese la luz que trajese un rayo de esperanza a todos los que nos rodean. Y que sirvan estas flores que te traigo como símbolo de aquello que hoy me gustaría poner ante tu altar.

Flores elegidas con un significado que pongo ante ti, como oración, súplica o acción de gracias.

El primero en ofrecerte es este lilium de color blanco que representa la pureza, la inocencia y la paz, con él me gustaría realizar la siguiente reflexión.

Vivimos en un mundo con prisas, sin apenas apreciar que los días cuentan, pensando en el mañana, sin disfrutar del hoy. La mayoría de las veces le damos más valor a lo urgente que a lo importante…

Ayúdanos madre querida, a abrir los ojos y apreciar la esencia de la vida, lo valioso y no llegar tarde para descubrirlo, cuando ya no hay remedio. Recuérdanos que los días vividos no se recuperan, que el tiempo no vuelve, que lo que perdamos hoy, ya no regresa.

Esta hortensia azul te la traigo como símbolo de la salud y la protección que necesitan nuestros enfermos. En un año de tanto sufrimiento, quiero pedirte, madre mía, por todos los que lo han pasado o lo están pasando mal debido a su enfermedad… Me gustaría recordarte, y bien lo sabes, que además de la pandemia tan terrible que estamos pasando, existen otras muchas dolencias que siguen provocando agonía en las personas que las padecen. Te pido por todas ellas, muchas relegadas a un segundo plano. No las olvides, dales fuerza para que sigan luchando y junto a sus familias no desesperen , encontrando en ti el apoyo para que tenga sentido su lucha.

Con el amarillo de este Girasol pongo ante ti la alegría que representa en nosotros la familia. La que nos arropa en los momentos difíciles, a la que recurrimos cuando las curvas de esa carretera que es la vida, se tuercen, pero también con quienes tenemos la fortuna de compartir y festejar los momentos más importantes de nuestras vidas.

Arrópala con tu manto y ayúdala a limar asperezas para que se mantenga siempre unida, en paz y armonía. Ilumina a los padres y madres que la forman, como guías en el camino que deben seguir sus hijos. Así lo hicieron con nosotros y de la misma forma te pido que ahora, a los que nos toca jugar ese papel, nos ayudes en esa labor esencial y nada fácil, que es educar a nuestros niños y jóvenes.

María, este lisianthus de color salmón simboliza la confianza que representa la amistad, uno de esos valores significativos que nos acompañan a lo largo de la vida. La mayoría de nosotros podemos contar con los dedos de una mano los amigos de verdad, los que no desaparecen en los malos momentos y están ahí cuando verdaderamente hacen falta. Aquellos que con su sinceridad nos abren los ojos para decirnos que nos estamos equivocando o que no vamos por el buen camino. Los que contra viento y marea, sabemos que estarán a nuestro lado. A esos, madre querida, protégelos y mantenlos bien cerca, no consientas que nos alejemos de ellos por simplezas o hechos irrelevantes.

Pero la vida, también nos pone en el camino a otras personas que, por unos u otros motivos, se cruzan ante nosotros, y con las que nos toca compartir experiencias más o menos largas en el tiempo y que en un principio no entraban en nuestros planes.

Tanto unas como otras, forman pilares fundamentales en nuestras vidas, que nos hacen crecer como personas y modelan nuestra forma de ser. Gracias Madre amada por ponerlas en nuestra senda y darnos la oportunidad de compartir momentos inolvidables con todas ellas.

Con esta gerbera de color rosado, quiero poner a tus pies la gratitud a mis paisanos, a mi pueblo, Torrejoncillo. La localidad de la que eres patrona y a la que le debo tanto. Gracias madre por darme la oportunidad de nacer y crecer en este rincón extremeño. He disfrutado de mi infancia por cada curva de sus tortuosas calles, he gozado de los campos que lo rodean, de los arroyos que lo bañan. He madurado y he logrado fijar aquí mi residencia y mi trabajo. Mantener un negocio, con el que tengo la suerte de disfrutar cada día. Nunca podré devolver el cariño y la confianza que recibo de todas las personas que durante tantos años han hecho posible su continuidad. Jamás podré agradecerles una décima parte de lo que me han dado.

Al igual que el mío, son muchos los pequeños negocios locales que necesitamos del apoyo de sus paisanos para seguir adelante, te pido por todos ellos, Madre Inmaculada, para que puedan sortear las dificultades que día a día se presentan. Un pueblo lo hacen sus gentes y ahora más que nunca, nos necesitamos los unos a los otros.

Pero el pueblo no se acaba en los límites de su término, un pueblo se extiende hasta donde llega su corazón, el corazón de aquellos que lo sienten como propio, que lo viven, que lo anhelan; aquí presentes o desde la lejanía. Aquellos que están o los que ya se fueron. Madre acógenos a todos y mantén el vínculo que nos une y que en estas fechas se acrecienta aún más, siendo tú, amada María, el imán que nos atrae.

Te traigo esta margarita de color naranja por los más pequeños de la casa, la alegría que ilumina nuestros hogares, los que todo lo cambian cuando llegan a nuestras vidas y pasan a ser el centro de ellas. Virgen María, estos pequeños héroes sí que han demostrado saber adaptarse mejor que nadie a situaciones inciertas e inesperadas, a esas que por desgracia este año nos ha tocado vivir.

Las mañanas de pupitre junto a sus compañeros, se han convertido en horas y horas delante de una pantalla. El tiempo de recreo en el patio, lo han tenido que cambiar por un baile para montar ese vídeo que anime al barrio o a la familia. Los momentos en el parque, los han suplido pintando arco iris.

De repente, todos los valores inculcados como: abrazarse, besarse o compartir con los demás, se los hemos prohibido. Incluso, los hemos apartado de sus abuelos. Pues todo ello lo han aceptado con una sonrisa en la boca.

Ellos son los que nos han enseñado a nosotros, los que no nos han dejado caer, la esperanza que nos ha dado fuerzas para levantarnos cada día y luchar en una situación de tanta incertidumbre. Ellos son nuestra razón de ser y de seguir adelante.

Este anthurium verde representa la esperanza en los jóvenes, una etapa de cambios, de grandes aspiraciones, de diversión, de primeros pasos en la vida y que se ha visto truncada de forma radical. Les han robado uno de los valores más preciados en esta etapa, su libertad, así de duro, así de tajante, les han cortado las alas y ellos, en la mayoría de los casos, han respondido y lo están haciendo de forma admirable. Madre Inmaculada, protégelos, ayúdales a superar las barreras con las que se encontrarán en el camino, haz que perseveren en sus objetivos y que finalmente consigan sus propósitos.

Los jóvenes de hoy, serán los encargados de dirigir nuestros destinos dentro de unos años y sin duda, una generación que supere adversidades, será una generación más fuerte… Ayúdales, madre.

La energía y el calor del color rojo de esta rosa la pongo ante tu altar como mujer torrejoncillana, a la que represento en esta noche tan especial. Intercede por ellas hoy y siempre.

Por esa niña que cada día asiste a la escuela donde encuentra la primera ventana abierta al mundo, por las adolescentes que empiezan a experimentar los primeros cambios físicos y emocionales, por las jóvenes que tienen que tomar las primeras decisiones que marcarán el rumbo de sus vidas, por las mujeres en plena madurez, para que sean ellas las únicas responsables de su destino y por nuestras mayores, para que vivan una última etapa acompañadas, con calidad de vida y alegría, como recompensa al gran trabajo realizado durante tantos y tantos años. Ilumínalas a todas ellas y aléjalas del dolor en cualquiera de sus expresiones.

Desde aquí me toca reivindicar su papel en la sociedad; un papel silencioso, humilde, no visualizado y no reconocido lo suficiente.

Me siento muy afortunada de realizar esta ofrenda en nombre de todas.

Termino con el color violeta de este alelí, con el que te traigo la sabiduría que nos ofrecen las personas mayores, a las que les ha tocado la cruz en este 2020 tan nefasto. Ellos nos enseñaron a construir un hogar en el que lo importante era el amor y no lo material, en el que los recursos estaban al servicio de la familia. Los que han conseguido con su trabajo, su sacrificio y luchando contra todas las adversidades, que hoy gocemos de todas las comodidades que tenemos. Debemos tenerlo presente, a ellos se lo debemos…

María Santísima, haz que aquellos que se encuentran desamparados encuentren la compañía que necesitan. Madre amada, intercede para que esta horrible pandemia que se ha cebado con ellos, desaparezca lo antes posible para liberarlos de esa espada de Damocles que los está sentenciando. El miedo a contraer la enfermedad, o los efectos que ella provoca los tiene prisioneros. Libéralos de esas cadenas lo antes posible y haz que vuelvan a disfrutar de sus últimos años de vida junto a sus seres más cercanos con tranquilidad y sosiego.

Si por alguien especialmente te pido en esta humilde ofrenda, es por ellos, si a alguien se la dedico, es a todas y cada una de las personas de edad avanzada que tanto están sufriendo; y en particular a mi padre y mi madre, a los que le profeso un amor infinito.
Fueron ellos los que me enseñaron a quererte. Cada uno de su forma, a su manera.

A él trasmitiéndome el entusiasmo por tu fiesta con esas interminables jornadas herrando caballos para que calzaran zapatos nuevos y fueran a recibirte en la noche mágica. O al ver la expresión de su cara al llegar a casa con las docenas de cohetes que tiraba cada noche antes de las novenas o la del 7 de diciembre para luego bajar a tu encuentro.

A ella, porque sin apenas dar paso, ya preparaba con todo su amor mi primer traje. Esas sayas y esos pañuelos que nunca faltaron en nuestra casa cada año para asistir a tu cita. Adoro ataviarme con tus ropas, siempre lo he disfrutado y eso lo mamé desde que salí de sus entrañas. Y sobre todo, le debo el amor y la devoción que te tengo, la que sentí por primera vez cogida de sus manos aquella noche del Encamisá cuando sus lágrimas resbalaban por las mejillas a la salida de tu estandarte.

Y ahora sí, me despido hasta mañana, pero ahí ya volveremos a estar solas tú y yo, como cada día, para que me asesores, para que me apacigües, para que me aconsejes.

Te necesito madre, no me abandones….

¡Viva María Santísima!