Dña. Victoria Eugenia Pérez Moreno

 

 

Madre del alma mía,


Nunca imaginé encontrarme hoy aquí, dirigiéndome a Ti y representando a mi pueblo, después de 20 años sin vestirme de torrejoncillana con este traje que tan ilusionada me hizo mi madre. Estoy segura de que ella estará ahí, a tu lado, mirándome y cuidándome como lo haces tú, Reina del cielo.

¿Cómo rechazar esta oportunidad de hablarte y darte gracias en nombre de todas las mujeres a las que hoy pongo voz? Todas las que aquí estamos, niñas, jóvenes y mayores, venimos a ofrecerte, junto con nuestras flores, nuestro agradecimiento por estar siempre con nosotras: en nuestras alegrías y en nuestras penas y, sobre todo, en esos momentos difíciles en los que acudimos a Ti, nuestra Estrella del consuelo.

Virgen María, eres nuestra Madre llena de amor y de ternura. Viendo aquí a estas niñas vienen a mi memoria recuerdos felices de aquellos tiempos en que yo era una de ellas. Recuerdos de esas primeras ofrendas que eran por la tarde, y de mi madre y mi abuela, que eran las que nos vestían a mi hermana y a mí con el traje típico. Tardes de nervios y correndillas, ya que siempre éramos las últimas, pues vestían a muchas de las vecinas.

Desde niñas nos enseñan el amor hacia Ti, María, Símbolo Santo de pureza, humildad, amor y entrega a los demás. Generación tras generación aprendemos a quererte, a llamarte Madre, a vitorearte. Estas niñas son el futuro, nuestro futuro, el futuro de tu pueblo. Y hoy es el día en que somos protagonistas en tu honor, poniéndonos nuestras mejores galas y ofreciéndote nuestras humildes flores. Y, lo que es más importante, nuestro corazón. No nos abandones, Madre. Ayúdanos a seguir inculcando todo lo que tú significas a todas estas nuevas generaciones, porque serán las que mañana sigan con la tradición. Lo mismo que hicieron con nosotros todos los que nos precedieron y que ya partieron a la casa del Padre.

Protege a nuestros hijos, a nuestro bien más preciado. Muéstranos la mejor manera de educarlos en la fe y el amor a Ti. Que tengan siempre un lugar en su corazón para su Virgen, aunque la vida los lleve por diversos caminos. Que no olviden nunca sus raíces ni a su pueblo, este pueblo mariano que tanto te aclama.
Acompáñanos a mis compañeros catequistas y a mí en la misión de mostrarles la Palabra de tu Hijo amado. Danos fuerza para seguir poniendo nuestro granito de arena en nuestra comunidad parroquial. Como dice la Oración del Catequista:

“Concédenos poder cumplir
la misión de catequistas
con humilde y profunda confianza”.

Eres, María, Iris de la esperanza que endulza el llanto. ¡Y qué gran verdad! En este año tan difícil para mí en varios aspectos de mi vida siempre has estado a mi lado, dándome fuerzas cuando parecía que me faltaban. Tú estabas ahí, conmigo.
Bien sabes que hace unos meses mi familia vivió unos momentos muy complicados en los que inesperadamente todo parecía derrumbarse. El único pilar que nos queda de la familia que un día construyeron mis padres a punto estuvo de dejarnos también. Pero acudimos a Ti, la Madre buena que no abandona a sus hijos.

Una palabra quedó grabada en mi memoria durante esos días: CALMA. Una persona cercana fue quien me dijo que debía tener calma en esos momentos. Bonita palabra que me hizo reflexionar y hacer que desde entonces intente aplicarla a diario en mi vida, y que me recordó las palabras de Santa Teresa de Jesús:

“Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
sólo Dios basta”.

No dejes de acompañarnos en nuestro caminar a lo largo de la vida, Madre. Permanece siempre con nosotros. Quizás en los días felices nos olvidemos un poco de Ti; somos humanos y erramos. Olvidamos darte gracias por cada día, por todo lo bueno que nos rodea, por vivir. Pero somos tus hijos y Tú estás con nosotros aunque no nos demos cuenta. Perdónanos en esos momentos en que sólo nos acordamos de Ti para pedirte algo y nos olvidamos de agradecértelo.

Vuelve, Madre del alma, tus dulces ojos al que hoy gime en este valle de lágrimas. Lágrimas derramadas por tantos y en tan diferentes situaciones...

¿Llegará un día en que podamos todos vivir en paz? ¿Cómo es posible que algunos utilicen el nombre de Dios para hacer daño a los que no piensan como ellos? Vivimos tiempos difíciles, en los que más que nunca es necesario comportarnos como verdaderos cristianos, como hijos tuyos, y pensar sólo en hacer el bien con nuestros semejantes, aunque no opinen como nosotros. Todas las religiones son diferentes puentes que nos llevan a un mismo Dios, y ese Dios es Amor: no quiere que nos enfrentemos en su nombre.

No puedo olvidarme de esos cristianos que, sólo por el hecho de serlo, son perseguidos y masacrados en muchos lugares del planeta. Ayúdalos a seguir fuertes ante la adversidad y firmes en su fe. No los abandones, Madre.

Igual que a los misioneros que, decididos a llevar la Palabra de Dios a todos los rincones de la tierra, dejan sus cómodas vidas en el mal llamado “primer mundo” y a veces encuentran la muerte injustamente junto con sus comunidades, por no abandonarlos cuando la sinrazón de algunos provoca enfrentamientos o guerras. En ellos se hace presente esa entrega a los demás que Tú bien representas. Son como Tú, María. Ellos también dicen SÍ sin condiciones.

Mírame, Virgen Pura, como en los días en que al llamarte, Madre, me sonreías. Míranos con esa mirada pura, sin mancha, como Tú eres. No dejes de sonreírnos, porque eres el espejo en que nos miramos.

Antes de despedirme, hoy quisiera darte las gracias, María.

Gracias por mis padres y hermanas. Gracias por la familia en la que crecí y donde me inculcaron los valores del esfuerzo, el trabajo, la entrega a los demás y a intentar siempre ser buenas personas. Quiero recordar en este momento especialmente a mi madre, a quien decidiste llevarte pronto para que estuviera a tu lado, y que fue la que nos transmitió el amor a Ti y a nuestras tradiciones. Hoy ella estará feliz junto a mis abuelos y demás familiares que ya nos dejaron y que tanto te querían, María.

Gracias por mi familia, la que formé junto a mi marido y en la que están creciendo mis hijos, a los que intento educar en el respeto hacia los demás y a no hacer daño a nadie.

Gracias por mis amigas, las de siempre y las que se van sumando con el paso de los años.

Gracias por tanta buena gente que tengo a mi alrededor y que se preocupa por mí.

Gracias por mostrarnos el verdadero significado de la entrega sin condiciones a los demás.

Gracias por los buenos momentos que vivimos cada día y que muchas veces no sabemos apreciar.

También quiero hoy pedirte que no nos abandones ante tantas adversidades y contratiempos que la vida nos depara en algunas ocasiones. Mantente siempre a nuestro lado en el camino.

Extiende tu manto sobre todos nosotros y protégenos, María. Son muchas las injusticias y desigualdades que vivimos en este mundo. Ayúdanos a no mirar hacia otro lado y a intentar corregirlas, estando siempre con los más desfavorecidos y aportando nuestro esfuerzo para conseguir una sociedad más justa para todos.

Recibe nuestras flores junto con todos nuestros anhelos más íntimos. Sabes que con ellas también te entregamos el corazón.

No dejes de acogernos cada día en tus brazos de Madre.

Ayúdanos a seguir siempre los pasos que nos llevan a Ti, para que nunca dejemos de aclamarte y decirte

¡Viva María Santísima!

¡Viva María Inmaculada!

¡Viva la Reina de los Ángeles!