Dn. Constantino Cabello Calvo

 

 

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María Inmaculada, Sr. Presidente y Junta Directiva de la Asociación Paladines de la Encamisá, Sr. Alcalde, Sres. Sacerdotes, Sr. Predicador del Novenario, Sr. Portaestandarte y familia , señoras y señores presentes esta noche en esta Casa de Cultura y aquellos que siguen este acto desde sus casas a través de T.T.V. A todos, buenas noches.
 
Permitidme que en estos momentos tan especiales para mí tenga presente a mis familiares más allegados, los que se encuentran aquí y los que ya fallecieron; así como a los amigos, compañeros, y a vosotros queridos paisanos.
 
Era una mañana de Octubre, otoñal, como todas las demás. Estaba en mi lugar habitual de trabajo, el Ayuntamiento, y alrededor de las dos de la tarde han llegado al mismo el Presidente de Paladines, acompañado por un miembro de su Junta Directiva, Juan Claudio. Han dado las buenas tardes y han preguntado por Antonio Crespo. Tanto mis compañeros como yo les hemos saludado. Se han dirigido a su despacho y han estado hablando con él.
 
Al salir me he cruzado con ellos en el pasillo y se han dirigido a mi diciéndome: ¿A qué hora podemos hablar contigo, para un tema privado? Les contesté cuando queráis, ahora mismo si es necesario. Ellos dijeron: mejor en casa. ¿a qué hora podemos verte?. Yo les dije cualquier día a partir de las tres y media de la tarde o a partir de las diez de la noche, cuando vosotros queráis. Pensaba que necesitaban que les ayudase en algo que estuviese relacionado con mi trabajo profesional. A fé de ser sincero diré que sentí un hormigueo interior y comenzaron a surgir en mi interrogantes: ¿Qué problema tendrán? ¿Seré capaz de ayudarles? ¿Tal vez sea algo relacionado con la Encamisá? Pero no acertaba con el quic de la cuestión y seguían invadiéndome las dudas, si bien dije: Ya se verá.
 
Por la tarde fui a mis obligaciones laborales y al salir me encontré, como es muy habitual con el grupo de música de los coros y danzas que iban a ensayar a la Casa de Cultura, entre ellos estaba Ángel Luis Melchor. Les di las buenas noches y me marche a mi domicilio.

Alrededor de las diez y media, más o menos, de esa misma noche, llamaron a la puerta de casa. En ella estábamos mi madre y yo. Dije: pase quien sea y mi madre salió a dar a la luz y abrirles la puerta. Preguntaron por mí y mi madre dijo: "Ahí dentro está" Oí como él decía: ahora voy pero es que estoy esperando a que llegue mi compañero. Cuando iba saliendo para ver quien era vi a Juan Claudio y le dije pasa y siéntate. Al cabo de pocos momentos llegó Ángel Luis, a quien le invite a sentarse ofreciéndoles algo de beber.

Comentamos brevemente los resultados de los encuentros de fútbol que se habían jugado esa noche, pues era noche de Champión League, y de pronto el Presidente de Paladines dijo: Bueno vamos al tema que nos ha traído. Le dije adelante. Me contestó: venimos a decirte que en la Junta Directiva se ha te ha nombrado para que seas el Pregonero de la Encamisá 2.002, si tú lo quieres.

En ese momento me quede frío, sin palabras y sin saber que responder pues no me lo esperaba. ¿Cómo iba a ser yo el pregonero, si sólo era un humilde ciudadano más de Torrejoncillo? ¿Qué habrían visto en mí, cuando había más y mejores personas cualificadas para ello? Muchas dudas, muchos interrogantes pasaron por mi cabeza en poco tiempo.

Era una difícil tarea y una ardua responsabilidad, pero ¿cómo defraudar la confianza puesta en mí? ¿cómo negar algo cuando siempre decía sí a cuanto me pedían y estaba en mi mano poder hacer? ¿Cómo iba a decir no siendo por y para la Encamisá, nuestra fiesta, de lo que iba a hablar? ¿Cómo no servir a María Inmaculada en un momento tan especial, su fiesta por antonomasia, en el que me llamaba y me necesitaba si yo, como cada uno de todos nosotros, tantas y tantas veces me dirijo a ella implorándole? Era casi imposible negarme y de desagradecido el hacerlo. Además dije: si la Junta de Paladines ha pensado en mi, Ella, la Pura, como Madre habrá influido en su decisión y por tanto me ayudará y sabrá iluminarme para salir del envite.

No podría defraudarle ni fallarle, sería algo que no me lo perdonaría a mi mismo en la vida, aunque Ella sí lo haría. Tras todas estas dudas no cabía otra respuesta y con toda mi humildad, como Ella hizo en Nazaret, les dije: Contad conmigo, intentaré hacerlo lo mejor posible y María desde arriba me ayudará. Cuento con Ella y así será.

Y he aquí que hoy, este torrejoncillano, se pone delante de vosotros para anunciar esta fiesta tan querida, nuestra Encamisá. Os pido que sepáis perdonar los momentos de nervios, si los hubiere en mi intervención pues la ocasión se presta a ello.

Esa noche y algunos días más no pude dormir pues me parecía que había vivido un sueño, y aún no lo podía creer. ¡era imposible! que fuese yo el afortunado de pregonar nuestra fiesta y la de María, pero era cierto.

Muchas preguntas me asaltaban: ¿Qué escribir? ¿Qué decir que no estuviera ya dicho de nuestra fiesta? ¿Qué tocar que no hubiesen tocado tan buenos e insignes oradores que me han precedido en este atril? ¿Qué pregonarles a ustedes que tal vez viven la fiesta con más o igual profundidad que un servidor? ¿Cómo transmitir un mensaje que el pueblo de Torrejoncillo y los torrejoncillanos llevan en la sangre y que conocen mejor que yo? Era otra incógnita a resolver.

Muchas inquietudes y mucho miedo por la responsabilidad adquirida, pero ya no había marcha atrás, había que buscar la fórmula para revitalizar la historia y hacer vibrar a este nuestro pueblo. Había que hilvanar las ideas que a cascadas, agolpadas y deslavazadas se venían a mi mente. Era pues la hora de comenzar. Surgió la respuesta al problema y aquí está:

Desde muy pequeña infancia y en todos los hogares torrejoncillanos una de las primeras palabras que los niños comienzan a decir, además de las tradicionales mama, papa, ela, elo, etc. Son vivas. Vivas ¿a quién? ¿por qué? ¿De dónde los aprenden? Respuestas todas ellas que vosotros, ¡vaya tontería!, ya sabéis. Son Vivas a María, nuestra Patrona y Madre, que les hemos enseñado y han oído de nuestras bocas principalmente en estas fechas que se avecinan. Para nosotros la Encamisá y la Pura son fundamentales. Pero hasta que lleguen haremos un paseo cronológico por el tiempo.

Estamos a mediados de Noviembre y entre los torrejoncillanos comienza a existir un fluir diferente, algo que les hace sentirse inquietos y se oyen frases como ¡ya está aquí la Encamisá! ¡Ya quedan pocos días! ¡Hay que ir en busca de las jachas! ¡ hay que herrar el caballo! ¿A quién le tocará el estandarte? ¿Quién será el pregonero/a? ¿Quién la oferente? ... Pero es a finales de mes cuando todo comienza a fluir con más fuerza, pues es como nosotros vulgarmente decimos, que ya huele a pólvora.

Recuerdo que desde mi más pequeña infancia en mi casa al acercarse estas fechas todo era diferente, pues comenzaban a escucharse vivas y vivas que ni mi hermano ni yo llegábamos a comprender pero eso sí se iban grabando en nosotros. Recuerdo igualmente que mi padre y mis abuelos volvían antes del campo.

Comenzaban a oírse tiros y cohetes por la noche, y es porque decían que estaban ya aquí las novenas de la Pura. Esos días recuerdo que mi abuelo Julián, se encontraba un tanto más nervioso, se preparaba y en cuanto tocaban las campanas decía: "Me voy a la novena" dejando todo aquello que estuviera haciendo sin más. ¿Qué sería aquello tan importante de la novena que hacía que dejase todo sin más explicación?. Era un interrogante que quedaba pendiente y debía resolver por mí mismo. Al volver a casa el abuelo nos contaba entusiasmado lo que habían dicho en la misma y de nuevo de su boca salían vivas y más vivas, a los que nosotros y la familia respondíamos. Así día tras día, año tras año.
Fuimos creciendo y cuando teníamos alrededor de los cinco o seis años ya comenzaron a llevarnos a la novena. Íbamos a las espaldas de mi madre, de mi padre o de la abuela Eutimia, pues debido a la minusvalía no podíamos andar. Nos quedábamos abajo en los bancos. Aquellas novenas eran las que nos había explicado tantas veces el abuelo pero había algo más: estaba en lo alto y junto al altar de la iglesia presidiendo todo, tu imagen, María, y además sonaba una música que después nos dijeron que era del órgano, y a su compás unas bellas canciones. También se decían aquellos vivas por parte de la gente, y entre ellos oíamos la voz del abuelo lanzando esos vivas, que nosotros tantas veces le habíamos oído en casa. ¡Que bonito espectáculo! Queríamos volver a la novena. Y así fue a partir de entonces aún con el sacrificio de nuestros padres y abuelos, año tras año estábamos allí. Sin fallar a ninguna, salvo causa de enfermedad.

Recuerdo a los niños sentados en las escalinatas del altar mayor, en silencio escuchando la novena y los cantos en tu honor, y también recuerdo como al terminar los mismos y tras los correspondientes vivas, en fila ordenada por D. Tomás salían todos por la puerta de la sacristía antes de que comenzase a hablar el predicador. Después todo silencio, todo expectación para oír la predicación. Y al terminar la misma con el canto de la Salve despedirnos de María y ¡hasta mañana!. ¡Que emotivos recuerdos y cuantas añoranzas traen a nuestra memoria!

Por aquel entonces yo y mi hermano, que andaba un poco mejor, queríamos subir a lo que llamamos tribuna, pero yo no podía debido a las escaleras y a mi minusvalía, pero allí estaba de nuevo mi padre, quien a sus espaldas me subía y me bajaba. Recuerdo que siempre o casi siempre me sentaba en el balconcillo central de la baranda de la derecha según se sube, para desde allí ver mejor al predicador. Como éramos dos, nos alternábamos y un día uno se quedaba abajo con nuestra madre, o abuela y el otro subía arriba. Desde allí además de escuchar atentos la novena, podía ver de cerca al coro y ver como cantaban tus hermosas canciones. Canciones cantadas con el corazón por jóvenes torrejoncillanas, con voces preciosas y melódicas que hacen más encantadora la novena. Desde allí vi como se lanzaban aquellos profundos y emotivos vivas que año tras año venía escuchando desde abajo. Eran vivas sentidos con el corazón, y vivas que calaban en todos los asistentes. Y tras ello me pregunte ¿Seré algún día capaz de lanzar esos vivas como ellos/as lo hacen? ¿Seré capaz de sentir la llamada de María para aclamarla y vitorearla con la misma fe y con tan hondos sentimientos?.

Al día siguiente en la escuela y en los juegos con los amigos de la infancia, se cantaban tus canciones.

Avanza el tiempo y después de estar estudiando en el instituto de Torrejoncillo fui junto a mi hermano y otros más al instituto de Coria y como no recordar cuando por estas fechas y al volver por las tardes en el autobús de Mirat, que conducía el Sr. Paco, se oía el Pues Concebida...., Paloma Verde..., Eres Patrona... y muchos cantos más, y tras ellos muchos vivas que lanzaban los compañeros de viaje: Daniel, Elias, Antonio Crespo, Javi, Felisi, Pili, Eduardo, Cristina, mi hermano y muchos más que me quedó en el recuerdo pero que tampoco olvido. Ese era nuestro viaje de regreso y en el estabas también Tú. No podíamos olvidarte y más cuando al llegar a la caseta comenzaban a verse en el aire los destellos de los cohetes y se escuchaba el sonido estremecedor de los mismos. Estaba deseoso de llegar a casa, soltar los libros, prepararme e ir a la novena y acompañarte.

Eso sí cada noche, era distinta, pues las emociones eran diferentes e iban en aumento.

Al terminar los estudios en Coria marche a Cáceres y por estas fechas Madre, debido a la distancia, no podía acompañarte en las novenas, pero no por ello iba a estar distante de Ti. Mi hermano y yo cuando llegaba el 30 de Noviembre y a la hora exacta de las novenas nos acercábamos a la iglesia de San Juan para estar contigo. Era distinto, se echaban en falta los cohetes, los tiros de escopeta, los cantos, el fluir de la gente, los amigos, las pláticas... pero en el silencio y en la soledad de nuestro pensamiento, después de unos momentos de recogimiento y oración, cantaba esas melodiosas canciones dirigidas a Ti y desde lo más profundo del corazón lanzaba vítores, que seguro estoy Tú recibías con agrado. Me iba contento y feliz, por el deber cumplido. Era imposible olvidar estas fechas y vivíamos cada novena en la distancia. Y así día tras día del novenario, hasta el día 6 de Diciembre, como mucho, pues el 7 había que estar en casa. No podía ser de otra manera, era la Encamisá y a ella no se podía faltar.

Hasta que llegase ese día comentábamos a los compañeros y conocidos nuestra fiesta de la Encamisá, e invitábamos a algunos para que se animasen a venir a vivirla, pues sería algo imborrable para ellos en sus vidas y de lo cual nunca se arrepentirían. Y así era, año tras año siempre hubo en casa alguien que venía. Muchos de ellos después de los años y con familia ya, han vuelto a repetir la experiencia. ¡Algo habrán visto en ella!.

Por estas fechas de la novena y antes de las mismas recuerdo también que era emocionante cuando el mayordomo de turno acompañado de sus familiares, al anochecer iba llamando y entrando casa por casa invitando a los torrejoncillanos a la fiesta. ¡Qué bonita muestra de apertura y de unidad! ¡ Que simbiosis tan perfecta, un torrejoncillano y su séquito anunciando la fiesta de la Encamisá y de la Pura, para que como si de recordatorio nos sirviese, saber que había que acompañarte!.

Así mismo recuerdo como llegaban a mi casa algunos vecinos que iban a ir a la Encamisá y no tenían caballo y le decían a mi padre: "Tío Florián, ¿puedo contar con la mula pá la Encamisá de este año?" Mi padre, siempre, si no las habían pedido ya decía que sí. Las herraba y preparaba para hacer el recorrido y acompañarte.

Pero estos días no sólo eran novenas, en el pueblo se notaba un ambiente distinto, se notaba que algo iba a suceder, pues también se hablaba de cartuchos, de sábanas, de jachas, de caballos, y muchas cosas más. Se notaba un ajetreo interior en cada uno de los torrejoncillanos.
Eran días de preparativos, como cuando se prepara algo importante. El acontecimiento que se avecinaba era algo especial, era algo que no admitía disculpas no vivirlo y no hacerlo.

Los de las escopetas estaban ilusionados cargando y preparando sus cartuchos y limpiando las mismas para estar dispuestas el día de la Encamisá y el día de la Pura; no podían fallar sus salvas en esos momentos tan importantes.

Los que iban a ir a caballo tenían que herrarlos, cuidarlos, mimarlos, porque esa noche era diferente y había que estar preparado para ello.
En muchas casas torrejoncillanas se estaban preparando las jachas que se habían ido recogiendo en el campo días atrás y que serían quemadas en la noche del 7 de Diciembre; así mismo se sacaban las sábanas, guardadas con esmero durante todo el año, se planchaban y se dejaban dispuestas para que cubriesen a los "encamisaos".También se hacían los típicos coquillos, para cuando llegasen los invitados o para cualquier otra persona que ese día viniese a casa poder ofrecerlos.

Y ya estamos en el día 7, el día de la Encamisá. El día grande para cualquier torrejoncillano. Ese día recuerdo que íbamos a la novena, que era más corta que el resto. Volvíamos a casa, cenábamos rápidamente y mi abuelo se preparaba, cogía su tamboril y su flauta y radiante, feliz, alegre, con la sonrisa en los labios y después de lanzar algún que otro viva, decía: "Me voy a servir a la Virgen".

El resto de la familia también nos preparábamos y al repique de las campanas salíamos a la calle con las jachas y a la puerta de casa unas veces, y otras en la joritaña de la plazuela, que desde la mañana se habían encargado de preparar los vecinos, las quemábamos entre cantos y vivas a tu nombre. Cuando no había jachas quemábamos algún que otro chamusco, pero eso era lo de menos, lo importante era la ilusión con que lo hacíamos. Después nos llevaban a la plaza, y nos poníamos en la entrada del Sindicato y allí recuerdo que mi padre nos cogía en pericuti y nos elevaba para ver salir el estandarte con tu imagen.

Entretanto por el camino veíamos la gran lumbre de la plazuela de la cruz, con grandes troncas de encina , más arriba la del caño del tío Narciso y oíamos tiros, muchos tiros de escopeta. También delante y detrás de nosotros un peregrinar continuo de personas, algunas de ellas con escopetas, todas con un punto de destino y un objetivo final: la plaza y ver salir tu estandarte. Al cabo de unos minutos de espera hacían su entrada en la plaza centenares de caballos montados por jinetes con sábanas blancas y con faroles encendidos. Con ellos también se oía el sonido del tamboril y pensaba: ya está ahí el abuelo. Y al dar las campanadas mi padre decía: pronto sale, ya están dando las diez. Y así era. De lejos divisábamos el estandarte saliendo de la iglesia y entre un ensordecedor sonido de salvas veía atónito, extrañado y emocionado como miles de manos se alzaban hacía Ti en lo alto gritando tu nombre y como de los labios de mis padres salían emocionados vivas, hasta el punto de caer lágrimas de sus ojos. ¡Que momento más impresionante no para ser narrado, sino para ser vivido! El estandarte era entregado a manos del mayordomo y comenzaba la procesión. Pero debido a la minusvalía nosotros no podíamos acompañarte en todo el recorrido pues había que hacerla a cuestas de los padres.

Desde la plaza, y como los abuelos Constantino y Visitación vivían en San Antonio, por cuya plazuela pasa también la Encamisa, a hombros íbamos a su casa. Al saludo de Ave María Purísima, se escuchaban como respuestas vivas a María Santísima de la boca de ellos y de algunos tíos y primos que también se acercaban a verlos. Se oían los cohetes, y alrededor de las once u once y cuarto mi padre decía: ya está cerca, se oyen los tiros y despidiéndonos de los abuelos nos llevaban a la plazuela para ver pasar la procesión. Allí también mucha gente, sobre todo vecinos mayores que no podían hacerla contigo en esa noche, o personas que por luto o por otras causas no lo harían, pero que ya te habían acompañado en las horas anteriores haciendo el acto penitencial de "andar la Encamisá". Todos esperaban con impaciencia tu llegada y a tu paso, cuando el estandarte meciéndose en las manos del mayordomo se fijaba en ellos, te lanzaban vivas y más vivas que salían de lo más profundo de sus corazones y de nuevo corrían lágrimas por algunos de sus rostros. De allí nuestros padres nos llevaban al antiguo hospital y esperábamos ansiosos el paso de la comitiva y tu estandarte. Otra vez canciones, tiros, cohetes, emoción, suspense, vivas, lágrimas, pero otra vez Tu estabas presente y mirándote y atreviéndonos mi hermano y yo a lanzarte algún viva nos sentíamos felices. Una vez que pasabas nos íbamos a la plaza para ver tu entrada y los fuegos artificiales, pues como a todos los niños esto también nos encantaba; aquello era un repetir la salida, una emoción contenida, unos sentimientos que afloraban, y vivas, muchos vivas.

Al cabo de los años esta experiencia fue enriqueciéndose y aumentando en intensidad pues ya podría andar la Encamisá, aunque ayudado por muletas. Pero eso era lo de menos. Lo importante era poder acompañarte y vivir de cerca esa emoción. Lo hacía acompañado de mi hermano, y de mis amigos: Juan José, Tito, Antonio, Elías. Íbamos en los primeros años atrochando, de plazuela en plazuela como hacia con mis padres, pues la procesión era muy larga y no podía acabarla. Ellos siempre iban conmigo. Al lado de las hogueras esperábamos tu paso y desde allí te lanzaba vivas que no olvidaré. Más tarde y gracias a la ciencia y a Ti Madre pude acompañarte en todo tu recorrido, como los demás. Íbamos delante de tu imagen, pues el abuelo siempre me decía: Donde mejor se anda la Encamisá es delante de los caballos, porque hay menos empujones y además él iba siempre ahí. Fue una experiencia inolvidable que aún hoy está grabada en mi mente. Íbamos cantando canciones en honor a tu nombre, y tras ellas y al disparo de las escopetas lanzábamos vítores al aire. Comprendí y viví las emociones que antes había visto en las gentes, en mis padres y en mis familiares.

Y después del largo recorrido, que se hacía corto, al entrar tu imagen en el templo te lanzábamos vivas y nos despedíamos de Ti hasta el día siguiente, día de la Pura, que volveríamos a verte.

El día de la Pura nos poníamos elegantes con aquellos pantalones, camisas, jerseys nuevos que habíamos estrenado para la ocasión y nos íbamos con el abuelo los primeros años que pudimos andar, y con los amigos el resto a misa mayor. Se escuchaban de nuevo vivas en la iglesia y cantos a tu nombre. Y después, a la salida, en la puerta de la iglesia, el abuelo tocaba la Marcha real y toda la gente se iba al convite a casa del mayordomo.

Por la tarde de nuevo salías Tú Madre, y había que acompañarte en la procesión. Delante, al lado del abuelo, que iba tocando el tamboril y junto al estandarte de tu imagen, que abría la misma, íbamos nosotros. De vez en cuando te miraba y te lanzaba vivas.

Ahora, en estos últimos días de Noviembre, ya se siente de nuevo el trajín en las casas torrejoncillanas, ya han comenzado a oírse las frases tan cotidianas de: ¡se acerca la Encamisá! ¡ya huele a pólvora! Han comenzado a herrarse los caballos, se han recogido y se siguen recogiendo las jachas, y se preparan con esmero las sábanas y los trajes de torrejoncillana. Ya se están cargando los cartuchos de las escopetas, ya se han oído los primeros cohetes, ya se han lanzado los primeros vivas... y es que ya estamos a punto de vivir una nueva Encamisá.

Como todos los años vengo haciendo desde entonces, volveré a acompañarte en cada una de las novenas, subiendo a la tribuna. Volveré a escuchar las voces de las cantoras en el coro y desde allí volveré a lanzarte vivas y más vivas echando en falta también aquellos de personas que se fueron: Mari Paniagua, el tío Eloy, mi abuelo, Pedro Sacristán, etc, pero escuchando otros tan emocionados y emotivos como los de mi hermano, mi hermana, Juan, Carlos, mis sobrinos, Ángel y tantas y tantas personas que siguen vitoreándote. Aprenderé y me enriqueceré un poco más con ellas; y al mirarte y verte tan cerca puede ser que brote de nuevo la inspiración y salgan algunos versos, como los que en una de esas novenas salieron y que hoy te dedico:

Blanca sois , señora mía,
de una belleza sin par
de hermosura inigualable
y de virginilidad tal
que con ningún humano
te pudieras comparar.
De vos, señora María,
el Creador se enamoró
escogiéndoos entre los mortales
para engendrar en Tí
a su hijo Dios.
Ejemplo de castidad, humildad,
bondad y perseverancia
fueron dones que tuvisteis
dulce paloma y tan blanca.
A ti Madre de mortales
y también Madre de Dios
te pido con gran ternura
que nos tengas compasión
y que nunca, jamás nunca
te separes Tú de Nos.

Te veré cada día más hermosa subida en tu trono, que cada año es más precioso pero que nunca se repite. Tú María también estás presente para iluminar a esas personas que con tanto esmero y cariño te preparan. Volveré a verte Madre, no lo dudes, e iré preparándome para tu gran fiesta.

Estaré presente en el día en que las mujeres torrejoncillanas, desde las más pequeñas hasta las mayores, se visten de gala con ese primoroso e inigualable traje de sayas, con el pañuelo del gajo y los aderezos que le acompañan y con alegría se dirigen a la iglesia para acompañarte y ofrecerte su ramo de flores rendidas a tus píes. Es un espectáculo extraordinario cuando saliendo de la plaza y en procesión recorren tus calles, cantando tus canciones y oyéndose algún que otro viva. Escucharé ensimismado esa ofrenda que como plegaria desde hace unos años te dedica una niña, joven o mujer torrejoncillana, en nombre de todas las demás. Que palabras más hermosas brotan emocionadas de sus labios, y todas ellas dedicadas a Ti, María. Y tras ellas vivas a tu nombre. Y después la ofrenda. Maravilloso espectáculo, donde cada torrejoncillana, por muy pequeña que sea, con su ramo te entrega algo más. Te entrega su amor, su cariño, y te pide algo... que tu María con la alegría de una verdadera Madre recoges y seguro que harás lo posible por ayudarle.

Te acompañaré en los primeros instantes del día siete de Diciembre en el acto penitencial de andar la Encamisá, junto a José María, Juani, mi hermano, sobrinos, familiares, amigos y tantos y tantos torrejoncillanos que rompen el silencio de la noche desgranando el rosario por las calles que ese mismo día recorrerá tu estandarte, fundiéndose en perfecta simbiosis el estruendo de aquel momento con el recogimiento de éste.
Y a la hora de la salida de tu estandarte, junto a miles de torrejoncillanos, volveré a estar en la plaza. Veré el hervidero de personas: mayores, jóvenes, niños y abuelos que están ávidas y deseosas, entonando tus canciones, esperándote en el atrio de la iglesia. Volveré a ver los caballos enjaezados y a los jinetes vestidos de sábanas blancas. Volveré a ver a los escopeteros con sus escopetas disparando salvas al aire. Volveré y allí estaré, al lado de Electrodomésticos Galán, junto a mi hermano y sobrino, esperándote también. Estaré inquieto, intranquilo, con el corazón acelerado como todos y cada uno de los torrejoncillanos, pues la "emoción nos invade" hasta que se abran las puertas del templo y salga tu imagen. Veré como miles de manos se vuelven a elevar con pasión al Cielo y como miles de gargantas entre un sonido estremecedor de cohetes y escopetas te lanzan vítores a Ti. Para recibirte y unirme a la fiesta, que es la tuya, volveré a gritar con fuerza, con ganas, con emoción:¡Viva María Inmaculada! ¡ Viva la Patrona de España! ¡ Viva la Reina de los Ángeles!. La emoción me embargará de nuevo. Tendré un recuerdo para los míos y seguiré vitoreándote.

Después te acompañaré en el recorrido, cantando las canciones habituales y viendo complacido como un pueblo enfervorizado se vuelca hacia Ti, te lanza piropos a tu paso y corren lágrimas por sus mejillas. Volveré a ver las hogueras, las jachas, las plazuelas y los balcones llenos de personas para desde ellos verte, hacerte alguna rogativa y vitorearte.

Volveré a observar a cientos y cientos de forasteros que sorprendidos y sin dar crédito a lo que están viendo, también se emocionan y se dejan llevar por los sentimientos.

Y cuando llegue el final del recorrido me tendrás también a tu lado, pues esperaré en la plaza, al lado de la casa de Alfredo y Toñi, frente a tu iglesia, para ver entrar tu estandarte y estar cerca de él, y verte y contemplarte en los momentos más estremecedores, más emotivos, más culminante, cuando el mayordomo o portaestandarte te entregue de nuevo para ser conducido a la iglesia. Entre vítores, salvas y cohetes, Tu, gozosa vuelves al templo y yo al igual que todos los torrejoncillanos, después de una breve oración, me sentiré feliz por haberte acompañado.
Y Al día siguiente volveré a vivir el día de la Pura, acompañándote por la mañana y por la tarde en la procesión, lanzándote vivas, aunque con la voz de la garganta ya más debilitada y ronca. Y al llegar tu imagen a la iglesia, cantar la Salve comenzarán de nuevos a oírse vivas que sirven de despedida y de una hasta pronto Madre. Los míos tampoco te faltarán.

Encamisa, noche mágica, noche maravillosa, noche de inusitada expectación, noche de estruendo, noche de corazones ávidos, noche de eclosión, pero también noche de Recuerdos.

Recuerdos de aquellos momentos felices y amargos que nos ha deparado la vida, pero muy en especial recuerdos por todos y cada uno de aquellos seres queridos (familiares y amigos) que ya no están entre nosotros y que fueron quienes con verdadera fé nos enseñaron a vivir la Encamisá con fuerza, con entusiasmo y con vigor.

Seguro estoy que hoy estarán siguiéndonos y que como todos los años lo hacen celebraran y vivirán la fiesta con nosotros, pero ellos allá en el Cielo junto a María y en su presencia.

Cuantas lágrimas, cuanto emoción, cuantas plegarias se escapan esa noche de las almas torrejoncillanas cuando dirigiendo su mirada hacia Ti te aclaman y sin sentir pudor alguno, sin sentirse cohibidos por nada ni por nadie de sus gargantas miles de aclamaciones salen para vitorearte y decirte tantos y tantos vivas y piropos hermosos como Tú te mereces.

Hace muchos años que vivo esta fiesta pero en lo esencial todo sigue igual, pues en la Encamisá de ayer, de hoy y del futuro prevalece un vínculo de unión que permanece inalterable y alrededor del cual se congenian y armonizan todos los elementos que forman parte de la misma; ese vínculo de unión, sin lugar a dudas, eres Tú, María.

Encamisá, tradición siempre vieja pero siempre nueva, que a modo de resumen reflejo en los siguientes versos:

En una noche de otoño
resplandece el firmamento
porque sale nuestra Madre
a pasear nuestro pueblo.
Es la gran Reina y Señora
quien inunda el Universo
y las salvas y los vivas
así lo dirán al cielo.
Todo se vuelve alegría,
todo son gratos recuerdos
por aquellos que algún día
marcharon contigo al cielo.
Ya son las diez menos cuarto
y en la plaza todo es nervio,
todo emoción contenida
y un mirar y mirar al Cielo.
Un estruendo de escopetas
lanza su pólvora al viento
y los cientos de caballos,
hacen su entrada en el centro.
Miles y miles de almas
de este tu querido pueblo
esperan ansiosas ver
la apertura de tu templo
porque quieren verte Madre
ya en la calle irrumpiendo.
Ya son las diez de la noche,
ya está todo predispuesto
Tu te encuentras muy radiante
y sonríes en tus adentros
a la salida del templo
por ver a tus hijos juntos
aún desafiando al tiempo.
Ellos te esperan ansiosos
llenos de gozo y contento
y te reciben con salvas
lanzando vivas al viento.
Ya está la Reina en la calle,
sobresaliendo a lo lejos
su figura blanca y pura
rodeada de azul cielo.
Se encuentra feliz, alegre,
y sonriendo por dentro
por encontrarse de nuevo
con este su amado pueblo.
La multitud que te aclama
impide tu paso cierto
hacia la manos de un hijo
que te espera con desvelo
y te agarra, te sostiene
te zarandea con genio
entre vítores y rezos.
Y a la grupa del caballo
enjaezado y bien dispuesto,
comienzas la marcha alegre
por este querido pueblo.
Tu cobijas a sus hijos,
estás en sus pensamientos
les haces sentirse otros
orgullosos y contentos
de tenerte como Madre
en sus dichas y desvelos.
En esa noche tan mágica
llenas todo el Universo
y a tu paso todos salen,
niños, jóvenes y abuelos,
que te aclaman como Madre
y como Reina del Cielo,
Tu paseo es tan triunfante
tan lleno de sentimientos
que la noche se hace corta
y alargarla no podemos.
Y cuando vuelves a casa
todos te esperan de nuevo
para decirte señora:
hasta pronto, no hasta luego
y seguir vitoreándote
y lanzar salvas al viento.
Prolongaremos la noche
en el corazón a fuego
y te tendremos presente
en el año venidero
porque Tú, María, eres todo
para este querido pueblo
que te quiere, que te ama
y te lleva muy adentro.

María, Madre y Señora haz que podamos estar contigo gozando y viviendo estas fiestas muchos años, y que las familias torrejoncillanas sigan transmitiendo a sus hijos desde muy pequeña edad esa tradición y esa fe que brota del corazón de todos y cada uno de los torrejoncillanos. Haz que todos seamos verdaderos paladines y como tal te defendamos donde nos necesites.

Desde aquí en nombre de Paladines, en mi nombre y como no en nombre de María os convoco a todos a vivir intensamente y de corazón unas fiestas de Encamisá y Pura como ella se merece. Que todos volvamos a aclamarla, acompañarla y vitorearla como año tras año lo venimos haciendo y que de cada una de nuestras gargantas y en cada uno de los hogares donde exista un torrejoncillano, por muy lejano que esté, se escuchen emotivos y sentidos vivas a María.

Y ya para finalizar sólo me queda dar las gracias a la Directiva de Paladines de la Encamisá por haberme concedido el honor de pregonar estas fiestas, a ustedes por haber tenido la paciencia y la amabilidad de escucharme y sobre todo darte las gracias a Ti, María, por haberme ayudado en esta ardua y difícil tarea.

Me siento feliz, pues como decía el abuelo: "He podido servirte". Y que mejor manera de demostrártelo si no es con lo que mejor me sale del corazón en estas fechas, esos vivas llenos de fé y de agradecimiento, de oración y de súplicas, de sentimiento y de emoción, que van dirigidos a Ti y que Tu seguro, recogerás.

¡Viva María Inmaculada!
¡Viva María Santísima!
¡Viva la Patrona de Torrejoncillo!
¡Viva la Defensora de la fe!
¡Viva la Inmaculada Concepción!
¡ Viva la Patrona de España!

¡Viva la Madre de Dios!
¡Viva la Encamisá!


Muchas gracias a todos y buenas noches.

Torrejoncillo 30 de Noviembre de 2.002