¡En directo! Emisión en directo de la Noche de la Encamisá. Torrejoncillo - 2018. Emisión de TTV y el recorrido.

Dn. Ángel Rodrigo López

 

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        CRUCES DE TORREJONCILLO 

 

Desde aquí, mi pregón para mi pueblo, para mi Virgen, para mi “Encamisá”. 

Para mi pueblo, porque quiero que conozca mi voluntad y mi pensamiento. Aquí quedaré, aunque esté lejos. Porque aquí quedan los recuerdos de mi vida, que merecen ser recordados. Desde la otra parte del profundo río, mis ojos vuelven a este lugar, para poder seguir viviendo. Para mi Virgen, Estrella de la mañana. Para Ti Madre de las noches tristes y con frío, compañera de mi caminar, mira mi frente oprimida por el dolor del mundo. Madre de las noches largas, escucha mi voz Madre de los días de niebla, dirige mis pasos y coge mis manos con fuerza para  no caer. 

Para mi “Encamisá”, fiestas de las fiestas, grabada en las viejas piedras de las casas de mi pueblo, donde una historia y una leyenda conviven en la noche más grande. Se dan la mano y se miran con ojos de nostalgia. Es posible que la indiferencia de otros hombres las haga llorar, y en cada lágrima vertida la historia y la leyenda se identifiquen, hasta no saber lo que es historia y lo que es leyenda. 

Para vosotros, mi despertar lleno de recuerdos. Ayer, en la vaída de la tarde, dejando atrás “Las Mesas”, desde el alto, quise mirar una vez más a mi pueblo. Como siempre lo hice con respeto y amor. Guardé silencio para poder oírle mejor. Me pareció ver que venía a mi encuentro. Le vi alegre, con la juventud en los labios. Cerré mis ojos y recordé mi infancia, mi juventud, mi ir y venir por sus calles cansinas y empinadas. Abrí mis brazos y deseé  estrecharle sobre mi pecho, decirle que era mío, todo mío, desde el “Olivito” al “Vapor de la Señora”, desde “la Isla Cuba” a “la Carrera Baja”. Y como a algo mío le hablé. Como un amigo a otro amigo. Y escuché su voz lenta y segura. Venid conmigo y llevados por la emoción, vivamos en nuestra carne el dolor y el gozo de abrazar nuestras cruces vigías y escuchar nuestra historia grabada en piedra y en hierro. 

Preguntemos a nuestros cauces. Su presencia nos habla de la fe de un pueblo. Su día no nace y muere en un tres de mayo. Ellas son testigos de nuestra vida llena de hermosas tradiciones.  

Cruz del “Pilar”. Cruz de fiesta. Pues es testigo en tarde de romería de cruces que por viejos caminos vuelven para encontrarse con su pueblo, después de haber ondeado en la fiesta de Santo Patrón, y abriendo camino a la Virgen del Rosario, seguida de “prioras”, se dirigen a la iglesia matriz para esperar impacientes un nuevo lunes de “quasimodo”. Cruz que recuerda nombres como “Barrera del Campillo”, “de Santana”, “Cerro Santo, “La Vega”, “el Charco de san Pedro”, “La Jerren”, “La Rivera” y tantos otros, pues es puerta de entrada y salida de todos ellos. 

Cruz camino del Palancar, reflejo e historia del amor y la fe del hombre más grande de Extremadura, Pedro de Alcántara, quien en expresión de Teresa de Jesús “estaba hecho como de raíces de árboles”. 

Cruz testigo de que este pueblo no se conformó con admirar, sino que quiso imitar y vivir las virtudes del gigante de la penitencia, y que puede tener el orgullo, porqué no, de que el Palancar sin Torrejoncillo, no hubiera sido el Palancar, pues desde el principio dio vida con su presencia el pequeño convento. 

Cruz que en un siete de diciembre es la primera en recibir a unos hombres que cargados de fe y llenos de fuego en sus corazones, escoltan el estandarte que más manos hayan querido tocar y labios deseado besar.  

Cruz de “San Antonio”. Cruz de encuentros. Ella más que ninguna otra sabe de alegrías y penas, de súplicas y agradecimientos, de lágrimas y sonrisas, de llegadas y despedidas de nuestras mozas. “Espérame, decía la muchacha enamorada, mientras yo doy gracias a San Antonio”. Y el santo, nacido en las orillas del Tajo, en una de las ciudades más hermosas del mundo, Lisboa, poesía en la paz de la noche, recibía la ofrenda y recordaba a la moza que diera gracias a la cruz. 

Cruz de fiesta es un quince de agosto por la tarde. ¿Qué fue de aquel paseo por “el Serrallo”, vistas a “la Dehesilla” y compartir la sandía con los amigos? ¿Por qué se olvidó una fiesta tan arraigada entre nosotros? Se marchó como una sombra cuando falta la luz. ¡Murió la fiesta de Nuestra Señora de agosto, con vistas a la laguna, como murió ésta! ¡Pobre laguna de “San Antonio”! ¿Qué has hecho para que dejáramos de quererte? ¿De verdad eres culpable de tantas cosas? Te hemos dejado vacía una y otra vez. Cuando los niños recuerden con tu presencia la paz que te hemos robado, no olvides decirles que en otro tiempo fuiste vida. Fiesta y laguna han dejado de recorrer juntas un camino que se presentaba lleno de promesas. Muchas ilusiones compartieron en el tiempo y hoy han muerto. Volverán a nacer con nuevas vidas y una vez más seremos testigos de su vivir, cuando con aires de verano, la fiesta de Nuestra Señora de Agosto, busque las calientes aguas de la laguna, donde las yuntas calmaban su sed. Yuntas llegadas del “Encinejo”, de las parcelas del “Encinejo”, realidad de un pueblo adelantado a los tiempos, que siempre luchó por volar alto, que no se conformó con contemplar la montaña, que la escaló y quiso compartir su alegría con los demás. 

Cruz que saludó a sus hijos del “Encín”, no menos torrejoncilllano, pues no está, ni lejos, no retirado. Ya que todos los que de niños buscamos el regazo de una mujer con sangre torrejoncillana, somos Torrejoncillo por los cuatro costados, pues llevamos en nuestro cuerpo los efluvios de esta tierra, santificada por la presencia de nuestras madres. Cruz que recibe “la Encamisá” cuando por estrechas calles busca la Cruz de la “calle Coria”, la humilde, la resignada, la que sin ver se alegra porque ella es la cruz de la alegría.  

Cruz de la calle Coria. Cruz de entrada. Ella no ha visto “la Encamisá”. El ir y venir de sus se la contaron. Cruz testigo de carros cargados con dorado grano, recogido en limpias eras, que de julio a agosto, de daban la mano formando un muro de “jacinas” para morir en los primeros días de septiembre. 

Cruz sonriente en ver caminar a sus hijos por las callejas del río, llegar a él, a su río, que quiso ser generoso en recibir las aguas de nuestros arroyos, haciéndolas sonar hasta convertirlas en canción desde la “Ceña el Duque” hasta “la Zaudera”, para dejar de cantar y de reír, con la pena de quien se va para no volver. Yo he visto el agua queriendo dormir entre los viejos “zaoces”, cavando la tierra y pidiendo al cielo que detuviera su marcha, porque tras de sí quedaba la paz. Cruz de fiesta, no de un día, ni de dos, sino de tres. A lo grande, como sabe hacer las cosas este pueblo. Domingo, lunes y martes de Carnaval, que el pueblo anunciaba cada noche. Ha pasado la Navidad, precedida de “las Jornadas” y las mozas y mozos, con canciones que se enraízan en viejas tradiciones folklóricas, salían a las plazuelas para jugar al corro. Carnaval. Tres días de desfile de sayas de paño de vivos colores, de aderezos, de pañuelos de gajo, de cien colores, de las tres hojas, del clavel, de negras capas ocultando becas rojas. Todo fruto de la artesanía e imaginación de un pueblo. Desfile de fiesta profana, pero también, por qué no, homenaje y ofrenda a la cruz de la alegría y a la vieja iglesia del mártir San Sebastián, que en la víspera de su fiesta recibe las promesas en adornadas rosquillas, con fuego la anuncia y con canciones le da gracias. Iglesia que en tarde de Jueves Santo, en expresión popular, recibía las cruces del prendimiento, que camino de la calle de la amargura saludaban a un Nazareno, que en el dolor de su rostro anunciaba la alegría que llegará con la Pascua.  

Cruz de “La Carrera”. Seguimos nuestro caminar buscando la cruz escondida. El que por primera vez llega a Torrejoncillo, no la verá. Es cruz de despedida de cruces que buscando el camino de “La Desa”, en “la Engarilla”, dejando atrás ruinas de castillo moro, inicia el rezo del Rosario, después de haber repuesto fuerzas con ricas rosquillas y buen vino, para poder llegar mejor al “legío” y besar al tierra del santo con la mirada hacia Roma, como ofrenda al Pescador de Galilea. 

Cruz testigo de sus hijos penitentes, que en otros tiempos, salían de todos los rincones de este pueblo, para iniciar su marcha hasta dar nombre a un camino, el de los “Azotaos”, que en la Cuaresma, amparados en la noche, va guardando la luz. ¡Camino de “los Azotaos”! Cada una de sus piedras guarda en silencio, la historia de nuestros hombres, que sólo la paz de los campos conoce. Yo le ha andado muy despacio, con el recuerdo puesto en algo que quedaba muy lejos. El día estaba a punto de morir. Una suave brisa otoñal preñada de romance hacía bailar las hojas de los árboles. Las arrugadas retamas se inclinaban para ofrecer su último sacrificio a la tarde. Todo era tranquilo, como el cielo que sonríe en las últimas horas. ¡Camino de “los Azotaos”! Oculto, pero no olvidado. Vivo en el recuerdo. 

Cruz de “la Carrera”. Cruz que despide a sus hijos muertos y habla a los vivos con lectura profunda de los versos del poeta. 

Y en el “Campo Santo”, a la sombra de la iglesia de “Santo Turnino” que este pueblo rescató de las ruinas, descansan los que sembraron en nuestro corazón amor a María Inmaculada. 

Cruz de “la Carrera”. Cruz que recibe “la Encamisá” muy de cerca. Sus brazos se adelantan en la noche y a una con el pueblo proclaman que María es la más hermosa de las mujeres. 

Queda en silencio la cruz de “la carrera”. Guardan silencio las cruces de mi pueblo. Piden silencio al forastero las cruces vigías. Que nadie perturbe su paz. Recibieron y despidieron a sus hijos, a los que anduvieron e hicieron “la Encamisá”. En la noche del siete de diciembre piden ser olvidadas. Sólo un pensamiento debe estar presente esa noche en los hijos de este pueblo: María santísima, que como Reina de los Ángeles hace, la entrada triunfal, en su plaza, la plaza mayor, aclamada por gargantas rotas de tanto gritar y por disparos de escopetas. 

Es el momento cumbre de nuestra fiesta. Hemos cantado sin descanso desde que el estandarte apareció en el atrio de la Iglesia. Hierve la sangre. La emoción es mayor aún, cuando en esa noche estamos ausentes de Torrejoncillo. Por lejos que estemos, llegan hasta nuestros oídos las campanadas del reloj de la Iglesia parroquial. Se hace necesario ponerse en pie. ¡Son las diez de la noche! ¡Ahora sale “la Encamisá”! ¡Llevados por una fuerza extraña, salimos a la calle y buscamos a los amigos para decirles, aunque no lo entiendan: “Toma lo que quieras, que hoy es “la Encamisá”. Sí, “la Encamisá” de mi pueblo, de Torrejoncillo.”

 Pero volvamos a nuestra plaza. Huele a pólvora. Están a punto de arder los fuegos artificiales en el balcón de la Casa consistorial. El estandarte volverá pronto a la iglesia. Echa en viva a la Virgen, dice el padre al niño que lleva sobre sus hombros. 

La Purísima Concepción, la Reina de los Ángeles, la Patrona de España, la Estrella de la Mañana, María Santísima, la Patrona de Infantería, como cada siete de diciembre ha sido aclamada como Reina y Señora de este pueblo. Son los últimos momentos de “la Encamisá”. “La Mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas” vuelve a su casa. 

María, Hija de Dios Padre, fuente del camino, llena de gracia, flor de primavera, carta de enamorados, palmera en el desierto, Madre de Dios, puesta de sol, luz de los montes, Esposa del Espíritu Santo, tarde de otoño, sonrisa de niño, mañana de fiesta, jardín sellado, noche tranquila, perpetua  juventud, lluvia deseada, Inmaculada, Purísima. “Tú que surcas el aire, y eres aire, y eres gloriosamente transparente, vuelve hacia mí, Señora”. 

Queridos paisanos y amigos todos. Este ha sido mi pregón. Con palabras que son de este pueblo.