Dn. Francisco Gómez Bueso

 

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Del Libro: Paladines de la Encamisá. XXV años

El pregón de 1980 se centró en los siguientes puntos, de los que se ofrece un breve resumen: 

1 - Sentido y significado del dogma de la Concepción Inmaculada de María. 

2 - Trayectoria y vicisitudes de esta creencia a través de la historia. 

3 - La fiesta de la Encamisá símbolo del ser torrejoncillano. 

4 - Los signos externos, expresión de los sentimientos.

 

El significado del dogma de la Concepción Inmaculada de la Virgen María difícilmente  se puede expresar con mayor claridad y precisión que como lo hace la Bula Ineffabilis Deus, cuando define: “que la doctrina de que la Bienaventurada Virgen María en el primer instante de su Concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos del salvador del género humano, Jesucristo, fue preservado inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelado por dios, y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles”. 

La Sagrada Escritura y la Tradición son las fuentes que han determinado que esta verdad de fe fuera definida, como tal, por el Papa Pío IX, el 8 de Diciembre de 1854, en la Basílica de San Pedro, de Roma La autoridad del Pontífice avala la interpretación que habían hecho Padres de la Iglesia e insignes teólogos de ciertos pasajes bíblicos, entre los que cabe destacar el capítulo III, versículo 15, del Génesis, que dice: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya...” Asimismo, se indica este singular privilegio en las palabras con las que saludó el Ángel San Gabriel a la Virgen María: “Dios te salve, llena de gracia” (Lu. cap. I, vers.28), y se insinúa en el libro de los Proverbios, en el Eclesiástico, etc. Ésta es la primera verdad de fe que aprenden y sienten los torrejoncillanos desde la más tierna infancia y que una y otra vez repiten cantando: “Pues concebida fuiste sin mancha, Ave María, llena de gracia”.  

Desde los primeros siglos del cristianismo  existe la creencia en la Concepción Inmaculada de María. Esta convicción es compartida por los Santos Padres que se pronuncian en este sentido. Así lo hacen, entre otros, San Justino, San Irineo, Tertuliano, San Cirilo de Jerusalén y San Epifanio. Con frecuencia, se compara a María con Eva antes del pecado. San Hipólito la llama tabernáculo exento de toda corrupción; Orígenes, Inmaculada entre Inmaculada; San Ambrosio, incorrupta, virgen inmune por gracia de toda mancha de pecado y San Agustín afirma que todos los justos han conocido el pecado, menos la Santa Virgen María.  

Los Concilios se manifiestan en la misma líneas y, aunque sin llegar a una expresa definición, es la opinión más generalizada entre teólogos y padres conciliares.  

La creencia en el singular privilegio de María adquiere mayor entidad y en consecuencia se introduce, a partir del siglo V, en las celebraciones litúrgicas. En España se conmemora esta fiesta desde el siglo VII.  

Sin embargo, esta doctrina se pone en entredicho, por estimar, los que así piensan, que no puede armonizarse con el dogma de la Redención Universal. No se puede redimir, argumentan, si no existió culpa. Por ello muchos Teólogos y Doctores de la Iglesia, como san Bernardo, Pedro Lombardo, Alejandro de Halés, san Buenaventura, San Alberto Magno, admitían que María había contraído el pecado original aunque fuera sólo durante un instante. No acertaban a comprender cómo la concepción y la santificación podían darse al mismo tiempo, cuando una presupone la otra. Esta dificultad quedó desvanecida con la disquisición que en términos escolásticos se denomina prioridad de naturaleza, sin prioridad de tiempo.  

Entre los defensores que más luz aportaron en el esclarecimiento de esta verdad hay que destacar al español Raimundo Lulio y al eminente Filósofo y Teólogo Juan Duns Escoto que estableció los fundamentos más sólidos para compatibilizar el hecho de la Redención universal y la concepción Inmaculada, al afirmar que María fue redimida preservándola Dios de toda culpa en atención a los méritos de Jesucristo. A esta aportación teológica, llamada redención preventiva, añade escoto la célebre congruencia racional de Eadmer: “decuit, potuit, ergo fecit”, es decir, era conveniente y dios lo pudo hacer, luego lo hizo.  

Universidades, reinos y ciudades toman conciencia de este sentir generalizado. Citaremos tan sólo algunos ejemplos. El 13 de Diciembre de 1390, una ordenanza del municipio de Barcelona establece que se guarde como festivo el día de la Inmaculada Concepción. En 1394 por decreto de Juan I de Aragón se ordena celebrar esta festividad en todos los dominios de su reino. Este mismo criterio adoptaron las Cortes de Cataluña en 1454 – 58. A lo largo de los siglos XIV y XV primero la universidad de París y después la de Oxford, Cambridg, Colonia y Maguncia celebran con esplendor esta fiesta y posteriormente se comprometieron a defender, por estatuto, el misterio de la concepción Inmaculada de María. La primera universidad española que hizo voto en el mismo sentido fue la de Valencia en 1530. Los requerimientos de la cristiandad se vieron, por fin, satisfechos cuando en 1854 en esta verdad fue declarada dogma de fe.  

A la festividad de la Inmaculada se vincula, en Torrejoncillo, La Encamisá, que representa la exaltación jubilosa de aquel misterio, tan hondamente vivido, que ha pasado a constituir la esencia de nuestro pueblo, el símbolo del ser torrejoncillano.  

Todos compartimos un sentimiento común, que no resta las vivencias íntimas de cada persona. De forma plástica se expresa esto en un saludo muy corriente por estas fechas: “ no podías faltar, es algo nuestro”. Esta frase compendia de forma sencilla, pero no menos profunda, lo que es y representa para un torrejoncillano esa fecha mágica del siete de Diciembre. En efecto. La Encamisá es el vínculo que une a lo largo de décadas y siglos  a las sucesivas generaciones que hoy están presentes, porque han sido herederas y artífices de una tradición que se mantiene viva. A elle se debe, la carga de emotividad que despierta el recuerdo de familiares y amigos. No en vano podemos afirmar, que el significado de esta fiesta se convierte en la norma suprema de convivencia, en la Constitución de nuestro pueblo. Esta Carta Magna, que nos hemos dado, recoge los más altos ideales de perfección y progreso, porque se inspira en ese modelo de plenitud y gracia que es María Inmaculada, nuestra madre y patrona.  

Se nos pregunta en ocasiones en qué consiste esta fiesta de La Encamisá, y no podemos responder porque es una realidad fluyente, que pertenece al ámbito de la vida y, por tanto, resiste toda posible conceptualización. Las descripciones que se puedan hacer no pasan de ser simples imágenes que nos acercan, pero no captan la intimidad de esas vivencias, en la que se combinan deseos, sentimientos y promesas, La Encamisá sólo cabe sentirla y vivirla. Los que juzguen este acontecimiento desde la perspectiva de la pura manifestación externa se equivocan, porque apreciarán la majestuosidad del espectáculo, pero no su belleza interna. ¡Quién puede comprender el contenido profundo de esos vivas cargados de emociones contenidas o derramadas, de recuerdos próximos o lejanos, de ilusiones presentes o futuras! Nadie podrá expresar jamás las vibraciones del alma torrejoncillana en la noche de La Encamisá, noche de júbilo, magia y misterio. Por ello la sola evocación, nos hace exclamar desde lo más profundo de nuestro corazón: 

¡Viva María Inmaculada! 

¡Viva la Purísima Concepción! 

¡Viva la Patrona de Torrejoncillo!